“Él vivió como dice la canción: a su manera”.

Así resume Josean Ramos, periodista y escritor, la vida del popular cantautor boricua, Daniel Santos, quien nació en Santurce un 5 de febrero, hace ya 100 años.

Y si el paso por este mundo del llamado Inquieto Anacobero se recuerda y se celebra todavía, es porque dejó una huella imborrable en la historia de la música puertorriqueña y latinoamericana.

Intérprete de joyas del cancionero popular del continente como “Vírgen de medianoche”, “Despedida”, “Obsesión”, “Linda” y “Vengo a decirle adiós a los muchachos”, entre muchas otras, Santos se destacó no sólo como cantante poseedor de una voz inconfundible, sino también por sus composiciones y por sus cualidades histriónicas. Pero, el artista puertorriqueño fue tan conocido por lo que hacía sobre los escenarios como por sus ejecutorias cuando se apagaba el micrófono y caía el telón.

Las anécdotas sobre Daniel Santos son interminables, pues todo aquel que lo conoció tiene algo fantástico que contar sobre él -no siempre positivo, pero siempre extraordinario- lo mismo sean escritores de renombre, colegas suyos o un grupo de borrachos en una barra de mala muerte como los que lo apodaron “El jefe” en una barriada de Colombia.

 Con Daniel Santos

              Daniel Santos con el periodista Quilichagüeño  Antonio José Caballero

“Dondequiera que llegaba, todo giraba en torno a él”, añade Ramos, autor de la novela “Vengo a decirle adiós a los muchachos” para describir la imponente personalidad y el carisma del artista.

Los cuentos de su vida incluyen momentos sublimes, como adoptar familias que ayudaba económicamente en secreto o comprar camas para su excompañeros de la cárcel que dormían en el piso. Otras, mucho menos agradables, hacen cuenta de sus borracheras y las peleas que formaba en clubes y burdeles que lo llevaron tras las rejas en sinnúmero de ocasiones, pero también a las primeras planas de algún periódico.

“Cada vez que se metía en problemas, llamaba a mi papá para que lo sacara de la cárcel”, relata la cantante Jacqueline Capó, hija del cantautor Bobby Capó, quien tuvo “una relación de amor y odio” con Daniel Santos.

“Papi lo insultaba y le decía hasta ‘trapo’, pero al final siempre lo ayudaba”, agrega la cantante, quien estableció un paralelo entre las carreras de estos dos gloriosos artistas: “Bobby Capó era el cantante de salón y Daniel Santos era la voz del pueblo”.

Curiosamente, esa voz que se volvió tan famosa fue descubierta de la manera más simple posible: mientras cantaba en la baño de su casa. Según narra Josean Ramos, quien fue su secretario de prensa, “Daniel Santos estaba en lo más profundo de su inspiración cuando sintió que le tocaban a la puerta. Era uno de los integrantes del Trío Lírico. Terminó de bañarse y se reunió con el resto de los integrantes del conjunto musical, quienes lo invitaron a participar en una actividad varios días después. Pasó un tiempo alternando con el Trío Lírico y el Conjunto Yumurí, hasta 1937 cuando conoció a Don Pedro Flores”.

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Fue el reconocido compositor quien impulsó la carrera de Daniel Santos -especialmente en Cuba, donde fue vocalista de la famosa Sonora Matancera, en República Dominicana y Ecuador- pues lo escogió como el intérprete de sus inolvidables composiciones, muchas de las que se convirtieron en éxitos del cantante que se distinguió por su estilo único.

“Daniel Santos es un ícono para mí, ha sido uno de los personajes de mayor influencia en mi trabajo de artista, de cantor. Tenía una gran voz y empezó a usarla en un estilo que nació fortuitamente que causalmente se convierte en un boom de la canción romántica latinoamericana. Pero lo más que me impresionaba de él, era su presencia escénica, era un maestro. Fue la primera vez que vi a un cantor, actor. Eso solo lo vine a ver después en los cantores franceses como Gilbert Bécaud, que dramatizaban su canción. Daniel vivió una vida muy intensa y a todas esas vivencias les sacó partido. Por tanto, era un drama de la vida real que él podía encarnar cuando se sentaba en una mesa con su botella a conversar con el público”, abundó Danny Rivera, quien no pudo cumplir su sueño de hacer un concierto con su ídolo, el cual titularía “Los dos danieles’’.

Además del aspecto artístico, Danny Rivera se identificó con la figura de Daniel Santos por ser un seguidor de los ideales de Pedro Albizu Campos como él. Ese fervor patriótico, por el que fue señalado como comunista, lo expresó el hijo del carpintero Rosendo de los Santos y la costurera María Betancur en temas como “Despierta borincano”, “Levanta borinquen”, “Mi patria es mi vida” y “La borinqueña nacionalista”, recientemente descubierta por el escritor Josean Ramos en una caja olvidada con varios manuscritos del artista.

El cantante Chucho Avellanet fue uno de los afortunados que compartió con Daniel Santos en un plano de amistad más allá de los escenarios. Recuerda con una sonrisa el día que lo conoció personalmente, tras invitarlo a su programa de televisión.

“No querían que lo invitara porque todo el mundo decía que era un tipo problemático, pero yo insistía, y él aceptó. En la primera reunión que tuvimos de producción yo estaba dispuesto a hacer lo que él quisiera, aunque fuera solo presentarlo y despedirlo, entonces Daniel me dice: ‘Muchachito, ¿qué tú quieres que yo haga?’, y así fue, hizo todo lo que le pedí, cantamos juntos, así que yo estaba feliz”, recordó Chucho, quien se ríe a carcajadas cada vez que comparte las andanzas de Santos, que hoy parecen leyendas.

Pero la vida bohemia de Daniel Santos, quien se casó 12 veces y tuvo 12 hijos, al final le pasó factura. Los últimos días del artista, testifica Ramos, fueron muy tristes, agobiado por el Alzheimer que le hacía olvidar sus populares canciones. Su última residencia fue en Ocala, Florida, donde falleció tras sufrir un ataque cardíaco. Hoy sus restos descansan en el Cementerio María Magdalena de Pazzis, en el Viejo San Juan, donde comparte un panteón con sus amigos Mariano Artau y Yayo El Indio, muy cerca de las tumbas de sus adorados Pedro Flores y Albizu Campos.

En las velloneras más recónditas del país, también quedan sus canciones, así como en los archivos de coleccionistas de música y “danielistas” en toda Latinoamérica, donde el centenario de Daniel Santos se conmemora en grande como a él le hubiera gustado: con un trago en la mano, bailando uno de sus boleros y reviviendo un viejo amor.