Valorar mejor a los profesores

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Ha dicho la entrante Ministra de Educación, Yaneth Giha, que entre sus prioridades estará el mejoramiento de la calidad de la docencia.

El país avanzará en materia educativa si avanzan y ascienden los profesores. Es tan obvio como esencial. Pero ese objetivo capital será irrealizable en la educación superior si el trabajo docente se desvaloriza mientras se convierte la investigación en el fin más importante de la corporación universitaria.

La docencia está perdiendo categoría y los profesores van apartándose de la responsabilidad de formar y orientar a los estudiantes en el conocimiento, la actitud ética y el pensamiento crítico, porque tienen que esforzarse por ganar méritos como investigadores, más al servicio de comunidades científicas tal vez herméticas y de las estrategias dirigidas a subir algunos escaños en los ránquines que determinan la medición del grado de reconocimiento público de las universidades.

La investigación en todos los campos del saber es fundamental. Negarlo es un disparate. Pero las universidades deben conservar el orden original de los fines: Docencia, investigación y extensión. Docencia, con énfasis en la investigación, no al revés.

La comunidad de profesores y estudiantes que señala la índole de la corporación universitaria desde hace ocho centurias no tiene por qué ser subsumida o sustituida por grupos o claustros de investigadores que, por la altísima jerarquía que se les atribuye y quizás merecen, no dictan clases, no enseñan, no forman colegas.

Y su producción académica, por consiguiente, se concentra en inventos y descubrimientos, justificación de patentes y publicación de libros científicos y artículos para revistas indexadas, cuyo impacto social es más virtual que efectivo, porque, así sean fenomenales, tienden a reposar o a yacer en las bibliotecas y no se propagan o socializan como obras de interés público.

Está bien que se fortalezca la investigación. Pero la Universidad debe seguir siendo de docencia con investigación, no de investigación con un tenue barniz docente. Escribo como profesor y editor de libros universitarios: Colciencias y el Estado privilegian las obras catalogadas como científicas e investigativas.

Aplican criterios y estándares que someten a calificar de baja la producción bibliográfica. Desconocen la cantidad y la calidad de las publicaciones académicas, no científicas pero demostrativas de la docencia.

Los miles de libros académicos producidos por profesores, en géneros variados, ¡sí, hasta de poesía!, carecen de relevancia, como si no generaran ideas y conocimiento, no tuvieran difusión ni impactaran. Así se desvirtúa el concepto de Universidad de docencia con énfasis en la investigación.

El profesorado está pasando a un plano secundario, como si con el estamento estudiantil no fuera la razón de ser original y trascendente de la institución universitaria, desde su fundación en Salamanca, Bolonia y demás universidades clásicas medievales. La valoración de la docencia no es equitativa.

Por: Juan José García  Posada