Nacional y un soberbio triunfo

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El del pasado jueves en Medellín, entre Nacional y Rosario Central, fue un partido bisagra como lo llaman los argentinos, en el que la puerta se abre o se cierra. No tiene mañana el perdedor, lo que eleva la temperatura, tensa el ambiente y elimina pronósticos.

Por eso, las reacciones acaloradas y descontroladas al final, bajo cualquier pretexto, para ensombrecer una victoria. Un gol y una clasificación en tiempo de reposición tienen un valor especial, y una derrota, con eliminación, es un nocaut fulminante.

Ni milagroso, ni inesperado y menos histórico, fue el resultado final de Nacional sobre Rosario Central. Era lo proyectado.

Seguramente, para muchos, no es solo fútbol lo que se ve, y destacan horas y días después, la confrontación grosera al cierre del cotejo, dejando de lado los argumentos futbolísticos presentados por parte de los dos protagonistas.

Uno quiso jugar, el otro no. Uno propuso, el otro no. Uno mantuvo su idea de juego organizado y colectivo, durante todo el tramite y dominó el balón en términos de poderío porcentual, el otro buscó refugios defensivos, cerró espacios y esperó nervioso el desenlace.

El triunfo de Nacional, tiene un valor especial. Sabe que el recorrido en el torneo no es placentero y que para hacerlo feliz, debe extraer de su manual de intenciones los mejores argumentos, tenacidad y mentalidad incluidos.

La Copa Libertadores es un evento de complejidad extrema, que deja mal heridos a los perdedores. Por eso caer, era un fracaso.

El estadio Atanasio Girardot fue una manicomio después del puntazo de Orlando Berrio, quien con despliegue ingobernable, se había tragado la cancha para ser protagonista del partido. Lo fue, incluso, en los desmanes.

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Nacional reafirma un poderío suramericano que, en Libertadores, hace años había perdido. Toma rótulo de favorito, con suficientes alternativas en el juego, para reafirmarlo. Además, engorda sus arcas y, su vitrina, llena de futbolistas transferibles en el inminente mercado , lo hacen un club rico, con diferencia marcada frente a sus rivales, dentro y fuera de Colombia.

Nacional invita a creer, como aquel equipo de 1989 lleno de ilusiones, de razones y de éxitos. Por eso hay que ponerle banda sonora a este triunfo, sin empañarlo, como los volátiles rivales han querido.

Todos los grandes clubes, están y estarán sometidos a un examen semanal sobre sus cualidades y sobre su rendimiento. Nacional no se excluye. Obligado ahora está, entonces, a dominar el torneo local y a pelear con denuedo el de la Libertadores, que es lo que el aficionado quiere. De nombre o de pinta, no se gana. De lo contrario todo será un fiasco.

Sí señores, visto sin prejuicios, ni broncas de gamberros adversarios y contradictores, fue soberbio el triunfo verde.

Esteban Jaramillo Osorio
Especial para Futbolred