Elecciones legislativas en Venezuela: un examen crucial para el chavismo

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El gobierno de Maduro y la oposición miden fuerzas.La Asamblea Nacional cuenta con 167 bancas. Unida en una alianza de 38 fuerzas, la oposición está convencida de que puede arrebatarle al oficialismo uno de los poderes fundamentales del Estado.

Venezuela va este domingo a las urnas, en uno de los exámenes electores más importantes de la historia del experimento bolivariano. Los comicios que renovarán el Parlamento unicameral se realizan en medio de una profunda modificación del escenario nacional e internacional. La oposición, unida en una alianza de una treintena de fuerzas, está convencida de que será la primera vez que logrará arrebatarle al chavismo uno de los poderes fundamentales del Estado.

Ese optimismo se alimenta en una fuerte frustración popular debido a las limitaciones de la caja del régimen para mantener el auge y la contención social que fueron banderas características del proceso iniciado hace 16 años por el difundo Hugo Chávez.

La apuesta de esa vereda es que la conmoción que produzca una eventual derrota acelere la crisis del régimen y pueda realizarse una renovación más amplia prevista en la Constitución. Pero no desconocen que el gobierno se juega completamente en esta instancia y ha hecho todo lo posible para mantener el control del estratégico Congreso que preside el ex militar Diosdado Cabello, uno de los hombres más poderosos del país y con fuerte arraigo sobre las Fuerzas Armadas bolivarianas.

Son múltiples las denuncias, desde la OEA hasta un comité de ex presidentes latinoamericanos, por abusos que incluyen el arresto de opositores, la censura casi total que eclipsa a la oposición y la intimidación pública.
La diferencia central entre estos jugadores es que una derrota del gobierno produciría un fuerte debate interno que acentuaría las limitaciones y debilidades del régimen para controlar la impaciencia social, pero una caída de la oposición sólo postergaría sus ambiciones.

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El Congreso llamado aquí Asamblea Nacional cuenta con 167 bancas. El oficialismo está convencido que logrará 95 este domingo. La oposición espera conseguir la mayoría simple, es decir un voto o más por encima del 50% suficiente para el control del Parlamento, revisar el presupuesto, interpelar a funcionarios e imponer incluso enmiendas constitucionales.

La preocupación es que si eso sucediera, el régimen podría ignorar al legislativo dentro de la amenaza del presidente Nicolás Maduro, que prometió “ganar como sea” y gobernar con los militares. Lo que determina el panorama, sin embargo, no son esas bravatas sino la crisis con sesgo terminal que abruma a este país.

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Venezuela sufre las mismas contracciones que el resto de la región, donde se han venido produciendo modificaciones profundas y hasta radicales de la mano del cambio de ciclo económico. Ese fenómeno que acaba de sumar a Argentina entre los países que dejaron el eje bolivariano, ha aumentado el aislamiento del país caribeño. El extremo de esa cadena es el deshielo de Cuba con EE.UU.

La habana ha sido el aliado central del proceso chavista desde sus inicios, y el cambio de expectativas que suponen los acuerdos del castrismo con Washington licuó grandes cuotas del poder simbólico del régimen bolivariano.
Cuba dio ese paso apremiada por su propia crisis económica y falta de inversiones que se acentuó por la decisión de Caracas de reducir a la mitad el caudal de cien mil barriles de petróleo diarios que ha venido entregando a la isla comunista para su uso y venta al exterior. Eso es debido a la caída en picado del precio del crudo que vació la caja del poder.
El retraimiento de Venezuela se mide en números abismales de su economía. La inflación trepa a más del 200%, el PBI se reducirá este año 10% y 5 el siguiente. El déficit fiscal que explica el alto costo de vida subió a entre 18 y 20%, el mayor de las Américas. El entramado de cepos de la economía ha bloqueado las inversiones y acentuó como nunca antes la pobreza, dado que el sueldo básico, que comprende a una gran parte de la población, es insuficiente para abastecer las mínimas necesidades.

El dólar estos días ha trepado a casi mil bolívares contra los 6,4 del cambio oficial inexistente o las otras paridades amparadas por el Estado que llegan a los 200 bolívares. Como no hay billetes, las importaciones se cuadran con el tipo de cambio paralelo lo que explica el enorme desabastecimiento de hasta 60% de productos de primera necesidad que experimenta el país.

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La inoperancia del régimen para salir de la parálisis es un elemento notable de este escenario. Un analista explicaba a este enviado que ha sido “una sucesión de pantanos … se nacionalizó el cemento y no hay más cemento, se nacionalizó el acero y tampoco hay acero. El arroz que se exportaba no llega a la mesa de los venezolanos y la petrolera estatal no puede aumentar su producción por la falta de inversiones”.
Detrás de esa vocación de autodaño hay una especie de “razón ineficiente” que legitima de modo premeditado la ineficacia para correr el eje y sostener el relato de que las calamidades son productos de una fuerza externa y superior.

Ese discurso agónico es el que estas elecciones ponen en un punto de cuestionamiento debido a la tensión social y el peligro de un estallido alimentado en la incapacidad de contención del gobierno. Gane o pierda el régimen deberá producir un cambio o se extinguirá.