Hace 30 años exaltamos al Dr. José Domingo Moreno.

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Por: Álvaro Miguel “El Negro” Mina

El domingo 7 de abril del 96, de la mano de uno de los mejores cronistas de Colombia, Fernando Hernández Vidal, le contamos al mundo la edificante historia de vida de José Domingo Moreno Castillo, “El Señor del Sombrerito”, en el diario Occidente, de Cali.

Hoy treinta años después retomamos éste ejemplo de templanza y superación de José Domingo Moreno, cómo una clara demostración de que cuando se quiere se puede lograr el objetivo.

Gracias al periódico La Última, retomamos esta gratificante historia de superación hoy en medio de este torbellino de incertidumbres.

Éste “Tinterillo” nacido en el lindero de los municipios caucanos de Padilla y Puerto Tejada, con su visión, limitaciones y necesidades de la época cómo todo un buen padre de familia, logró qué sus nueve hijos se graduarán cómo profesionales en diferentes ramas.

Orgullosos de su padre éstos jóvenes con sus maletas repletas de sueños e ilusiones partieron hacia la capital del Cauca, donde obtuvieron sus respectivos títulos y especializaciones para luego desempeñar importantes cargos en las áreas de Salud y  Rama Judicial del País.

El viejo José Domingo, precisamente un “domingo” cuando se encontraban en el tradicional almuerzo familiar; como todo un “adalid”, sorprendió al grupo consanguíneo, cuando les manifestó con voz de mando, a sus 62 años de edad: “Aquí sólo falta mi título de Abogado y para ello señores les participo…. Me acabo de inscribir en la carrera de Derecho de la Universidad Libre”, al tiempo que su mirada abarcaba al intimo grupo de allegados.

Mientras unos a otros se miraban sorprendidos, José Domingo, alistaba su viejo maletín de cuero de piel de venado, para el inicio de clases el lunes siguiente.

Luego de digerir la emocionante noticia; los “Moreno”, de apellido y de piel le brindaron todo su apoyo, con un sonoro y cariñoso aplauso. Culminando con un brindis al calor del tentempié.

De ahí en adelante luciendo su tradicional sombrero negro de paño inglés, muy puntual llegaba a sus clases, hasta obtener el título de Abogado en La Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, de la Universidad Libre de Cali, a la edad de 67 años.

 

Debo confesar qué una tarde de luna llena, José Domingo,  mientras esperamos abordar el bus de Transportes Puerto Tejada hasta Santa Rosa, en Cali, me colocó su protectora mano en mi hombro derecho y mirándome fijamente me dijo: “Señor Mina. La mejor riqueza que le puedes dar a un hijo es el estudio”; mientras tomaba asiento en el bus, de Transportes Puerto Tejada, conducido por “Don Militon”, y los tiquetes expedidos por el gratamente recordado, “Nereito” Navia.

Ése consejo lleno de bondad, se convirtió en mi estrella de Oriente, hasta lograr la misma felicidad de ver a mis tres hijos: Alain, Yahaira y Alvaro Miguel Mina, con sus títulos Universitarios, de la Santiago, Externado y Univalle.

Por éste y muchos motivos más, seguiremos replicando  la historia: “Del Señor del Sombrerito”, de manera póstuma, por su descanso eterno el 15 de Octubre de 2004.

Queridos paisanos y compatriotas, debemos seguir replicando el sabio consejo del extinto jurisconsulto, José Domingo. Y, por enseñarnos a pescar en el inmenso mar de los buenos sueños, que cómo un destello de luz replican en el atril de la sabiduría popular, para culminar sonriendo, en medio del más bello tesoro: “La familia”.

 El Señor del Sombrerito

“Cada vez que sientan hambre, auméntenle el volumen a la radio”, les decía a sus nueve hijos, hoy todos profesionales. Tinterillo por 40 años, acabo graduándose en la Universidad Libre de Cali.

                            Por: Fernando Hernández Vidal.

Reportero Diario Occidente.

Él estaba allí, riendo, con un aguardiente en la mano, en medio de helechos y con sus hijos de siempre: nueve. Todos profesionales, brillantes de piel y de cabeza.

Y recordaba todo, incluso la fecha de 1916, la de su nacimiento. Y aquella vez que se quedó dormido en la universidad, ya casi para cumplir 67 años, porque de pronto se le metió que tenía que ser abogado a una edad en la que otros han dado por terminados sus asuntos con la vida.

Y entonces vino el cuento de los jóvenes estudiantes, que le decían que los zancudos no lo picaban porque no lo veían, y era porque José Domingo Moreno era negro de nacimiento. Volvía a ser muchacho en medio de muchachos que le hacían bromas de muchachos en un siglo atestado de muchachos.

La vida de Moreno y su familia es una historia de esfuerzos y de tropiezos, de risas y de lágrimas, pero sobre todo de solidaridad y de ternuras amargas en las prenderías de la región. Pero es, sobre todo, la crónica de una obstinación.

Si no hubiera empeñado tantas veces la paila en la que su mujer hacía el dulce de nochebuena y su golpeada maquinita de escribir con la que ejerció el oficio de tinterillo por 40 años, no habría podido educar a sus hijos.

Sus hijos terminarían empeñando hasta los pantalones para poder sostenerse en la universidad y burlando el hambre con cuentos que envidiaría el mismo Truman Capote. Eran más listos que aquellos astutos negros de la aristocrática, decadente y bulliciosa, New Orleans.

El comienzo

Moreno fue limpiador de fincas en Padilla (cauca) en su época de escolar, cuando los chicos de entonces iban descalzos a los salones de clase que eran cruzados por el vuelo de los pájaros, porque eran casi al aire libre. En 1942, era ya inspector de Policía. Más tarde emigraría hacia Puerto Tejada, donde fue secretario de un Juzgado, y luego secretario de la Alcaldía, y poco después tesorero municipal.

Pero fue en Cali, en 1954, donde se convirtió en tinterillo al ser nombrado secretario por el abogado Avelino Messú, uno de sus protectores. Nunca imaginó entonces que iba a ser inquilino por 30 años, 15 de ellos en el barrio Belalcázar, en casas donde todos se apretujaban para entrar al mingitorio.

Pero fueron esos apretujamientos los que lo obligaron, junto con su mujer, Catalina Mina, a educar a nueve hijos que en vez de juguetes recibían libros, porque tenían una curiosidad intelectual bastante desarrollada.

La lista

FOTO del álbum familiar. De izquierda a derecha (de pies) Rodolfo Hernán, Ana Cecilia, Wilmar Henry, José Domingo, Marly, Alirio, Henry (hijo de crianza). Sentados, Catalina, José Domingo (el jefe), Catalina | la madre, ya fallecida ) y Petrona Lucy. Faltó Esney

Marly se graduó de abogada y ahora es juez de familia en Palmira; Esney es médico anestesiólogo de los Seguros Sociales; Luis Alirio es abogado y ejerce como juez penal del circuito de Roldanillo; Ana Cecilia es enfermera del ISS y profesora de la Universidad del Valle: José Domingo es abogado y ejerce como registrador de Instrumentos Públicos en Guapi (Cauca); Catalina es comerciante; Rodolfo Hernando es médico epidemiólogo; Wilmar Henry es médico y ejerce como jefe de reclutamiento del ejército en Barranquilla; y Petrona Lucy, abogada, licenciada en Educación y con estudios en Gerontología.

Para graduarlos, Moreno estableció una red de solidaridad con los choferes de buses que viajaban de Puerto Tejada a Popayán, donde estudiaron varios de ellos, en la Universidad del Cauca. Era casi el único padre de familia en el país que les enviaba la plata del desayuno por bus, todos los días. (Camolina, Azafran, Marfil, Militon, El Bagre y El Duende), algunos de los amables choferes, que servían de correo. “Sin dudas José Domingo, fue el precursor de las plataformas de BreVe y Nequi”-

Pero a veces la plata no llegaba. Entonces Esney, el anestesiólogo, cuenta que había que hacer milagros. Comprar pan, por ejemplo, y comerlo con una tazada de arroz que, a veces, cuando podían, hacían con un reverbero de alcohol en un cuarto de alquiler, en el que la propietaria les había prohibido cocinar alimentos.

La resistencia

Su padre, para estas emergencias, les había dado un consejo: Cada vez que tengan hambre, auméntenle el volumen a la radio. Eso, por supuesto, era para entretener los pedidos de auxilio de sus estómagos.

En otra ocasión, Esney se había metido el pan al saco, pero al llegar al puente del Humilladero, en Popayán, junto con su novia, se lo quitó y el pan cayó a tierra. Lo recogió, con temblor en las manos, y le dijo a ella que era un pan tieso sólo apto para el consumo de un perro imaginario que dijo tener en la casa de alquiler.

En otro episodio, con su hermana Ana Cecilia, se inventaron el cuento de que en el vecindario había una estupenda lavandería, así que le recogieron la ropa a los estudiantes, pero eran ellos los que lavaban y planchaban, para ganarse el sustento. Hasta que le quemaron el pantalón a un chico que es hoy un destacado pediatra en Palmira y hasta allí les duró el negocio.

Anécdotas hay muchas, tantas como la lista de amigos que dice tener el jefe del clan: todo el norte del Cauca, que está en mora de rendirle un homenaje a uno de los hombres más obstinados del país. “Estoy orgulloso de mis hijos, dice. Estamos orgullosos de nuestro padre, dicen ellos”.

Resultados

Los Moreno Mina compraron entonces un lote en el barrio Departamental, donde hicieron una hermosa casa, ladrillo a ladrillo. Allí se reúnen cada domingo, todos, unos 28, entre hijos y nietos, y son capaces hasta de comerse una lechona.

Cuentan que jamás pensaron que su padre se había de graduar de abogado, porque le tocaba viajar todos los días de Puerto Tejada a la Universidad Libre de Cali. Pero lo hizo, y con tanto éxito, que fue nombrado monitor y eximido de exámenes preparatorios.

Siempre llevaba el sombrerito, y al entrar al aula, se lo ponía en las rodillas. Por eso era conocido entre profesores y estudiantes, e incluso hasta por la junta directiva nacional de la universidad, en Bogotá, ‘como el señor del sombrerito’.

Su tesis versó sobre problemas sociales. Por eso dice que nadie se hace solo, que hay que ser solidarios, como lo fueron sus vecinos, sus amigos y los choferes con él. y con sus hijos. Y reconoce que fueron las prenderías las que le ayudaron también a sortear las angustias económicas.

Hoy, a sus 80 años, sigue viajando por todo el norte del Cauca, donde tiene su clientela. Y lo hace en bus. Y siempre luce su sombrerito, quizá para no olvidar que ha sido uno de los pocos hombres en Colombia que ha espantado la miseria a punta de sombrerazos.

 

Redacciòn