Dedicados a investigar

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Detesto la palabra ‘jubilado’. Es sinónimo de no hacer nada. De vegetar. De poner pereque y qué pena, de esperar la muerte antecedida de dolores, enfermedades y postraciones.

Prefiero el término ‘pensionado’ que da un abanico de posibilidades laborales, de tener el cuerpo y la mente ocupadas y no ser tal carga para la familia que al final de los días, luego de soportar años y años de agonía y ante la inexorable partida tan solo dirán ‘Siquiera descansó’ sin faltar la estocada perversa ‘ Y descansaron de él’.

Admiro a los pensionados que no obstante su edad, poca o mucha, siguen madrugando, trabajando en lo que sea, ocupando su tiempo, disfrutando la vida con sus familias y sobretodo con sus amigos. Y todavía más a los que sin tener muy en cuenta sus mesadas pensionales, siguen trabajando de sol a sol.

Incluso y así no sea verdad, me gusta mucho cuando al encontrarme a uno de estos personajes y a la pregunta de “¿Qué estás haciendo?”, la respuesta es la bellísima frase “aquí dedicado a las asesorías”. Y andan con unos fólderes repletos de papeles y siempre de carrerita porque tienen una cita importantísima. ¡Aleluya!

Otros más sofisticados responden que están en varias juntas directivas -así sesionen en la cafetería de La 14 o en El Café Gardel o en Corfichimbas o en El Molino- o peor aún, que están dedicados la politología o a la genealogía o la ‘Miranda’.

Hay quienes sostienen que son Consultores Empresariales y que les pagan las horas en dólares y hasta en euros. Yo he optado por creerles y eso los hace sentir muy bien recordando aquel bolero que remata diciendo “miénteme más, que me hace tu maldad feliz…”.

Pues bien, estoy acostumbrado a las respuestas de esos buenos amigos que pasaron la barrera de los sesenta y pico y siguen tan campantes como Johnny Walker y más con aquellos que siguen manejando sus negocios y sus empresas de manera ejemplar y envidiable. Uno de estos especímenes suele decirme “que la parca me coja trabajando y no tendido en una cama lleno de dolores y maluqueras, más de la cabeza que del cuerpo”.

Pero lo que más me ha llamado la atención fue toparme antier en Mamma Mia -uno de los excelentes restaurantes de la carretera al mar con el que creo era un viejo amigo, que ante la pregunta de rigor: “¿Qué estás haciendo?”, me respondió que estaba dedicado a la investigación. Me sorprendió porque -que yo supiera- su trabajo de toda la vida nada tuvo que ver con la ciencia, ni nada por el estilo, así que le interrogué que a qué tipo de investigaciones se refería y me contestó muy serio:

“Estoy dedicado a investigar dónde dejé los anteojos, qué se hicieron las llaves, dónde está el control del televisor, quién es ese cabrón que me saludó, cómo es que se llama mi nieto, a qué diablos vine al baño, de qué es que estábamos hablando”. Quedé encantado con sus respuestas. Y nos despedimos muy amablemente, así no haya podido recordar su nombre y creo que él tampoco el mío y lo peor, si somos al menos conocidos…

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Por: Mario Fernando Prado