LA GRACIA del Domingo 15 de Mayo de 2016 – Fray Nelson

 

 

Amar al Espíritu Santo y hacerlo amar

Con la fiesta de Pentecostés damos por concluido un ciclo extenso conocido como el tiempo pascual, mismo que hace unidad con el tiempo cuaresmal. Pudiera parecer que el don del Espíritu Santo es algo que sucede “al final” de este tiempo extraordinario, y que llega para quitar cierta sensación de “orfandad” ante la muerte de Cristo.

Pero, si meditamos a profundidad la Palabra del Padre que nos regala el día de hoy, es fácil descubrir que no es exactamente así. Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir: ¡Jesús es Señor!, si no es bajo la acción del Espíritu Paráclito”. Por lo tanto, si durante el tiempo pascual hemos podido ver a Cristo Resucitado, y lo hemos reconocido como nuestro hermano, Señor y Mesías, significa que el don del Espíritu Santo ya ha estado actuando en nosotros. Y su actuación no permite que nos sintamos huérfanos, sino al contrario, nos reviste del espíritu de filiación que clama en nosotros “¡Abba! ¡Padre!”.

El sentido inevitablemente cronológico de la liturgia no debe llevarnos al engaño. Los tiempos de Dios no son como los nuestros. Así el Espíritu Santo tiene que ser esencial en la vida de todo cristiano, no sólo porque es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, inseparable del Padre y del Hijo, sino porque su acción en nosotros es indispensable para seguir a Cristo como Hijo del Padre.

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Por eso es que desde el bautismo hemos recibido al Paráclito, quien nos acompaña hasta el final de nuestra vida, conozcámoslo y hagamos que todos lo conozcan, sientan y se vivan con su compañía.