«Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36).

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Día litúrgico: Domingo XXXIV del tiempo ordinario: Jesucristo, Rey del Universo (B)

Texto del Evangelio (Jn 18,33-37): En aquel tiempo, Pilato dijo a Jesús: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz».

«Soy Rey. (…) Todo el que es de la verdad, escucha mi voz»

COMENTARIO

Hoy, Jesucristo nos es presentado como Rey del Universo. Siempre me ha llamado la atención el énfasis que la Biblia da al nombre de “Rey” cuando lo aplica al Señor. «El Señor reina, vestido de majestad», hemos cantado en el Salmo 92. «Soy rey» (Jn 18,37), hemos oído en boca de Jesús mismo. «Bendito el rey que viene en nombre del Señor» (Lc 19,14), decía la gente cuando Él entraba en Jerusalén.

Ciertamente, la palabra “Rey”, aplicada a Dios y a Jesucristo, no tiene las connotaciones de la monarquía política tal como la conocemos. Pero, en cambio, sí que hay una cierta relación entre el lenguaje popular y el lenguaje bíblico respecto a la palabra “rey”. Por ejemplo, cuando una madre cuida a su bebé de pocos meses y le dice: —Tú eres el rey de la casa. ¿Qué está diciendo? Algo muy sencillo: que para ella este niñito ocupa el primer lugar, que lo es todo para ella.

Cuando los jóvenes dicen que fulano es el rey del rock quieren decir que no hay nadie igual, lo mismo cuando hablan del rey del fútbol.

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Entren en el cuarto de un adolescente y verán en la pared quiénes son sus “reyes”. Creo que estas expresiones populares se parecen más a lo que queremos decir cuando aclamamos a Dios como nuestro Rey y nos ayudan a entender la afirmación de Jesús sobre su realeza: «Mi Reino no es de este mundo» (Jn 18,36).

Para los cristianos nuestro Rey es el Señor, es decir, el centro hacia el que se dirige el sentido más profundo de nuestra vida. Al pedir en el Padrenuestro que venga a nosotros su reino, expresamos nuestro deseo de que crezca el número de personas que encuentren en Dios la fuente de la felicidad y se esfuercen por seguir el camino que Él nos ha enseñado, el camino de las bienaventuranzas.

Este domingo celebramos la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, la fiesta que concluye el año litúrgico. Éste está centrado en el misterio de Jesucristo. De ahí que esta fiesta es una buena oportunidad para reafirmar nuestra voluntad de seguir a Jesús y de tenerlo en el centro de nuestra vida como Rey y Señor.

Pero Jesús es Rey, no a la manera del mundo. A lo largo de todo el evangelio había rechazado siempre las pretensiones de llegar al poder, de ser erigido como rey. Será al final en el diálogo con Pilato donde reconozca: «Yo soy rey». Es decir, en la situación en la que se encuentra más humillado, cuando ha sido
ridiculizado, insultado y está a punto de recibir la condena a muerte de cruz, será cuando admita que Él es Rey.

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Jesús es Rey, porque para esto ha venido al mundo, para ser testigo de la Verdad. Él ha venido a dar testimonio de la Verdad. Es la Verdad de Dios. Es la entrañable misericordia de nuestro Dios, que tanto amó al mundo que envió a su Hijo para que todos tuvieran Vida en Él. Él ha dado testimonio con su vida y su palabra, y especialmente en su Muerte y Resurrección.

Esta es la verdadera realeza, la del que vive en el Padre, amando y dándose hasta el final. Por eso, Jesucristo reina desde la cruz.

Y todo el que es de la Verdad escucha su voz. Todo el que vive, ama y se da como Jesús es el que es de la Verdad. Por tanto, todos estamos llamados a vivir así en la Verdad.

Pidámoslo de todo corazón, pues «dondequiera que esté Jesucristo, allí estará nuestra vida y nuestro reino» (San Ambrosio).

SINE

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