Ladrones de calles

 

No basta con que los comerciantes formales e informales se roben los andenes en nuestros pueblos y ciudades, se tomen los espacios de los peatones como derecho natural, y pongan el grito en el cielo cuando la autoridad los obliga a despejarlo.

Otros se roban las calles y los parques, montan parqueaderos, los convierten en sitios de mercado; los más avivatos se toman lugares de a poco: montan una pequeña caseta para vender frito y, al poco tiempo, encontramos una inmensa caseta, un restaurante de lujo, sin que autoridad alguna se conduela.

El colmo de los robos, es que la mayoría del espacio timado está en poder de entidades públicas. Y, en eso, La Policía Nacional, es campeona. Cierra calles, ocupa parques, desvía el tráfico, ni siquiera al peatón permite que transite cerca de sus instalaciones.

También las oficinas públicas, con sus vehículos, se adueñan de calles y andenes, las gobernaciones, las alcaldías incumplen las normas, por facilismo no utilizan sus parqueaderos o no contratan dónde guardar los vehículos. En esas condiciones ¿Cómo obligar al ciudadano del común a que respete las reglas? ¿Con qué autoridad impide que el ciudadano ocupe el espacio público?

Las ciudades necesitan sus calles despejadas, bien llamadas arterias, cerrarlas convierte las ciudades en cuello de botella, como el cuerpo humano necesita la libre circulación por sus arterias, las ciudades necesitan el libre el flujo de vehículos y peatones por sus calles.

Igual que en el cuerpo humano cristales de colesterol y triglicéridos taponan las venas; las ciudades con las calles cerradas colapsan, infartan, se vuelve un problema circular por ellas. Peor en las ciudades pequeñas, donde por falta de planeación, las calles son estrechas, las vías de flujo y contraflujo son escasas, la indisciplina de conductores es capital, transitar en cualquier medio se convierte en un  martirio, con la sorpresa diaria de ignorar cuál calle han taponada.

Los parques padecen igual suerte. Se los toman los vendedores de chucherías, los promotores de juegos de azar, “lleve el libro para la buena suerte”, “Cómo bajar 15 Kilos en ocho días”, “venga juegue…”, “Dónde está la bolita”, “Una limosnita, por favor, me van a cortar el agua”, ventas de fritanga, de revistas viejas, de artesanías de alambre dulce, trozos de cobre para poner en las manillas, máquinas maravillosas que afila el cuchillo con una pasada, la miel de abeja angelita, el lustrabotas que brilla la gamuza, el lotero con el número ganador, el vendedor de minutos de celular, una selva riveriana, los parques llenos de pelambre por tanto animal suelto, por la mierda de perro porque es baño de los canes de toda la ciudad.

Con toda esa trapisonda, las ciudades se convierten en un lugar desagradable, un sitio inhabitable, cuesta encontrar nuestros lugares porque están invadidos, impiden caminarlas con libertad y que los vehículos vayan francos.

En estas ciudades pequeñas cada lugareño quiere hacer de las suyas, se siente con derecho para apropiarse del espacio que lo rodea sin entender que calles, parques, andenes forman parte de la convivencia, son espacios de todos los habitantes para el disfrute, sin que les cohíban, sin que sean coartados, por eso se llama espacio público y no espacio para protección policial, para parqueadero de vehículos oficiales o centros de comercio informal.

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Por: Diógenes Díaz Carabalí