Tiemblen los porteros

 

Con los resultados de las elecciones para cargos públicos ejecutivos vienen los cambios en la burocracia, que en épocas de la hegemonía alterna liberal-conservadora, cuando caían los unos del poder y ascendían los otros, se reconocía como “tiemblen los porteros”. Algunos empleados públicos, por la necesidad del puesto para subsistir, desde antes de las elecciones, con ojo clínico de calculadores políticos, sopesaban las posibilidades, para decidir si se volteaban a tiempo o permanecían en sus toldas partidistas. Casi siempre acertaban, pero los que fallaban en los cálculos se quedaban como el que se elevó y no volvió a caer: en el aire. En el partido para el que se habían volteado en forma oportunista no encontraban acomodo; y en el otro, al que renunciaron, les tiraban las puertas en las narices.
Esta práctica perversa, que afectaba a los más humildes servidores públicos, porque la alta burocracia siempre ha tenido más recursos para acomodarse, trató de erradicarse con la creación, en la reforma constitucional plebiscitaria de 1957, de la carrera administrativa, que comenzó a ejecutar el presidente Alberto Lleras Camargo (1958-1962), para darles estabilidad a los servidores públicos, sin importar los cambios en el gobierno. De ahí nació el Departamento Administrativo del Servicio Civil.
Con la llegada del Frente Nacional, que institucionalizó la paridad en los cargos públicos (mitad conservadores y mitad liberales), no se entresacaron los existentes para emparejarlos, sino que se nombraron los necesarios para equilibrar las cargas, así no se necesitaran. Ningún partido renuncia a su cuota burocrática, porque en ella radica su fuerza electoral.
Lo de ahora es distinto. Ya se puede hablar de los partidos de garaje (como algunas iglesias y universidades), sin ideologías ni principios, cuyos objetivos apuntan al poder, sin importar los caminos que se escojan para llegar a él. De ahí las raras aleaciones políticas que se dan para apoyar candidatos, en las que caben el agua y el aceite; la gasolina y la candela; el bien y el mal… Todo vale.
De ese nuevo modelo político ha surgido otro estilo de contratación de empleados públicos, que le hace el quite a la carrera administrativa, consistente en el enganche temporal prorrogable, que mantiene a los servidores públicos con el alma en la mano, esperando al final de cada período de tres o cuatro meses si los ratifican o no. Eso es lo más parecido al título de una vieja película: El Salario del Miedo.
De ese despelote institucional surgen líderes que quieren desatar el nudo gordiano de tal perversidad y se lanzan a tratar de conquistar un espacio en la administración pública, desde el cual puedan cambiar las cosas. “Quijote que es uno”, como solía decir el general Rojas Pinilla, porque en el ejercicio de la política actual la plata manda y político pobre muere virgen. “Poderoso Caballero es don Dinero”, es el título de un libro de Arturo Abella, que sirve para el caso. Don Arturo fue un santo godo.