Franselys Santoya Ariza se perfila como una futura reina de Colombia

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Franselys Santoya Ariza una espectacular morena de 22 años, deportista de alto rendimiento y docente,se perfila como una futura Reina de Colombia que ha recibido la banda y la corona de Señorita Bolívar  para representar ese Departamento del Caribe Colombiano.

La disciplina, las ganas, la constancia y la dedicación son las cualidades con las que Franselys espera dejar en alto el departamento de Bolívar en el Concurso Nacional de Belleza.

Ella despierta a las 4 de la mañana para comunicarse con el ‘patrón’. Cuenta ella que esa es la hora en la que mejor se puede comunicar con Él, porque está desocupado para escucharla. El día para Francelys Santoya Ariza, la nueva Señorita Bolívar al Reinado Nacional de la Belleza, arranca en la iglesia, no en el gimnasio.
 
La iglesia está al frente de la pequeña casa en donde vive con su familia desde hace 21 años. Allí, desde muy pelaíta, se la pasaba jugando y corriendo con sus amiguitos por las calles de Altos del Nuevo Bosque, casi siempre vestida sólo de ‘pantaletica’ por el calor de Cartagena. «Desde muy niña me di cuenta de mi fuerza, por eso me gustaba jugar más con niños que con las niñas. Jugaba al ‘escondido’ porque podía correr e ir encontrándolos a todos para coger de primera la ‘live'».
 
‘France’, como le llaman en su casa, es hija de dos deportistas consagrados: su papá, Francisco Santoya, es beisbolista; y su mamá, Carlota Ariza, es softbolista, así que los genes estaban hechos para ser una gran atleta.
 
Fue una niña inquieta, que se aprovechaba de sus largas piernas para treparse en los árboles, pero su mamá le ponía bombachos o leggins cuidándole las rodillas, seguramente para cuando se hiciera realidad su sueño más íntimo. Disfrutaba deslizándose con botellas de plástico por una empinada loma que está cerca de su casa; salía con ropa limpia y, de regreso, su mamá la regañaba porque llegaba mugre. Francelys vivió la época de una Cartagena tranquila, en la cual sus papás la llevaban al Parque Bolívar, en el Centro, le compraban una bolsa de maíces y ella se quedaba feliz rodeada de palomas por todos lados.
 
En ocasiones, salía escondida de la casa y se iba a la vuelta para participar en los reinados que hacían en el barrio, pero sabía que casi siempre ganaba la «niña pelilisa y blanquita de la cuadra». Nunca ganó ella. Se conformaba con ver la velada de elección y coronación del Reinado Nacional por televisión. Mientras se le iban los ojos viendo los vestidos de gala y las modas de las reinas, le decía a su mamá: «¡yo quiero ser la Señorita Bolívar!».
 
Sus dos hermanos, Éverson y Nicolás, le decían repetidamente: -«Nombe, France, el reinado no es lo tuyo. ¡Ponte a estudiar y dedícate al deporte!».
 
La carrera deportiva la inició a los tres años. Lo primero que se puso en sus pies para competir fue un par de patines. Su prima Neyla Ortega la llevaba por las tardes a practicar al Parque del Centenario. Le tocó dejar los patinódromos porque en su casa no había para comprar los patines profesionales que le exigía la pista. Sus papás le dijeron que no dejara el deporte, sólo que buscara otra disciplina que no implicara tantos gastos. 
 
Con 13 años, ya en el bachillerato, se decidió por el atletismo. En dos meses entró a la Selección Bolívar y al poco tiempo ya estaba en Armenia compitiendo en sus primeros Juegos Intercolegiados. Empezaron a llover medallas de cuanta competencia participaba. Se hizo campeona en atletismo, lanzando discos, jabalinas y balas en torneos distritales, nacionales y departamentales. Viajaba muchísimo y, aunque su mamá la vestía con zapatos deportivos, Francelys siempre subía al avión, muy elegante, con tacones y las uñas recién hechas.
 
Tenía la ilusión de llegar más lejos o igual que Catherine Ibargüen, pero un día llegó tarde a un examen de pista y su técnico de atletismo la regañó. Al día siguiente unos promotores deportivos le ofrecieron entrar a la selección Bolívar de taekwondo, desafiándola a volverse tan buena dando patadas como lo hacía cuando corría en pista.
 
Al principio no le cuadraba la idea, pero un estímulo económico para ayudar a su familia también le motivaba para seguir entrenando. Querían prepararla para que compitiera dos años después en los Juegos Nacionales. Había sólo un cupo para competir y la condición era que debía aumentar masa y ganar 18 kilos. El responsable de enseñarle todas las técnicas era Raúl Gómez, quien se dio cuenta, desde el inicio, de todo su potencial.
 
Al cabo de un tiempo, Francelys quedó de campeona en un torneo distrital; cuenta que a la final llegó «con un poquito de susto» porque la muchacha a la que se enfrentaba era más alta que ella; eso, sin embargo, no fue impedimento para llevarse el título.
 
Clasificó para los Juegos Nacionales practicando día y noche; en las tardes estudiaba. Luego, luciendo con orgullo la camiseta de Bolívar, se fue a competir internacionalmente en Cuba, donde se sintió como en su casa por el mágico parecido de la Habana con Cartagena.
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Aún no desistía de la idea de ser reina, pero debía bajar los 18 kilos que había subido. Y lo hizo. Primero por cuidar sus tobillos, luego de un esguince, y segundo para poder competir en noviembre por el título de Señorita Colombia. «Yo normalmente soy talla 10, pero un día me compré un jean talla 6 y me dije que el día que cupiera en él estaría en el peso para ser Señorita Bolívar». Lo colgó en un gancho, en su cuarto, para acordarse de la meta de bajar. Al principio no le pasaba de las piernas pero, con oración, dieta y ejercicio, lo logró. «Pero aún sigo trabajando en el gimnasio para estar lista para el certamen», confiesa.
 
Muy al contrario a lo que muchas pensarían, Francelys no sigue una dieta estricta: el día que le provoca una hamburguesa o un helado se lo come sin problemas. Eso sí, sabe que el día siguiente debe entrenar más fuerte en el gimnasio. Con dolor en el alma sacrificó las arepas y los brownies por un tiempo. Prefiere mejor irse con Paola, su prima, a recorrer el Centro de la ciudad, al que considera su segundo hogar, y siempre que va pasa por el Parque de Bolívar.
 
Luego de terminar sus estudios primarios en la escuela El Labrador se empecinó por ser docente, y para ello estudió en la Escuela Normal Superior de Cartagena. Y aprendió el lenguaje de señas para comunicarse con sus alumnos, que en su mayoría sufren de alguna discapacidad. Sus primeros pinitos como maestra los hizo en Olaya Herrera y otros sectores vulnerables de la ciudad, donde ha visto, con tristeza, cómo el hambre y la pobreza se vuelven cada día más normales. «Recuerdo uno de mis alumnitos: Luis, un niño de cinco años que padecía el síndrome de Usher. Tenía la piel negra, los ojos azules, el cabello rubio y era sordo. Tuvo una fuerte fiebre a la cual no sobrevivió; el niño nunca pudo expresar verbalmente su dolor. A Luis le enseñé las vocales, a decir ‘mamá’, ‘papá’ y los números. Sólo me hacía caso a mí. Luis venía de una familia entera con Síndrome de Usher. Era una familia especial», dice con nostalgia y voz entrecortada.

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Su designación como Señorita Bolívar, un sueño hecho realidad
El día que le comunicaron su designación como nueva Señorita Bolívar -dice – se le quedó grabado en el corazón. Ese día habría de recordar que una semana antes le habían dicho que al título aspiraban también otras chicas y que una de ellas tenía muchas posibilidades de ser la escogida, pero que, creyente como era, aún confiaba en la bondad de su Dios, a quien en varias ocasiones, durante sus oraciones diarias, le había confesado que ser la nueva soberana de los bolivarenses era su gran sueño. «Cuando recibí la llamada anunciándome la buena nueva mis primeras palabras fueron en agradecimiento a Él por haber propiciado que ese sueño se hiciera realidad». Fue -además – una fecha muy especial porque en ese día sus papás celebraban sus bodas de plata matrimoniales.
 
Desde que su entorno más cercano conoció la noticia ha recibido muchos consejos, sobre todo de su mamá, quien es la persona que más le exige. En las pocas ocasiones en las que le han manifiestado alguna inquietud porque puedan recriminarla por ser pobre y negra, siente que se fortalece espiritualmente. A Francelys le enorgullece su piel negra. Aunque humilde y sencilla, siente su piel como oro en polvo. A los 14 años sintió, por primera vez, que se la discriminaba por su raza. Un pelao de piel blanca, de su misma edad y al que ella le gustaba mucho, le dijo con tono serio: «eres muy linda, pero es una lástima que seas negra». Se le partió el corazón en mil pedazos, dijo, pero ese día sintió que un día iba a ser capaz de conquistar el mundo.
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A esta negra de 1.80 de estatura le gusta el reggae y la champeta. Un domingo no puede faltar a la iglesia y después ir con sus padres a la ‘Bolita e Caucho’ en Ceballos para verse algún partido. Le ha costado pasarse de las zapatillas deportivas a los tacones de 15 centímetros.
 
Después de la obtención de la corona de Señorita Colombia lo que más quisiera es montar un comedor y garantizarles a los niños de escasos recursos una comida fija al día, al menos, incluyendo sábados y domingos. «Quiero ponerlo en Olaya Herrera o en El Pozón, donde he tenido la oportunidad de conocer de cerca a la población vulnerable. Sé que si gano se me abrirán muchas puertas para mis niños y sus familias, principalmente los que tienen alguna discapacidad. Que tengan mejores aulas, intérpretes y sus padres buenas oportunidades laborales para que la sociedad no los siga apartando».
 
«Nunca el Departamento de Bolívar había tenido una reina negra en los 80 años del Concurso Nacional. Sólo la chocoana Vanessa Mendoza ha ganado el título de Señorita Colombia y en Miss Universo sólo han triunfado seis negras. Para mí sería un total orgullo si Dios me permite llegar hasta allá».
 
Al decir esto no pudo ocultar unas lágrimas que rodaban por su rostro al recordar a una de las mujeres que la llevó a que este sueño se esté haciendo realidad, aparte de su mamá Carlota. Su prima Neyla siempre le decía desde que era tan solo una niña: – Yo creo en ti, France. Hoy verás por televisión la velada de elección y coronación porque no puedes pagar una boleta para entrar, pero algún día muchos lo harán algún día para verte ganar.