SAN ANTONIO EN SANTANDER DE QUILICHAO RECORDÓ SUS VÍCTIMAS

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Con motivo del Primer Aniversario de la muerte de 12 humildes mineros de la vereda de San Antonio  en Santander de Quilichao, sus familiares y amigos marcharon para recordar aquella noche fatídica del 30 de abril del 2104 en la que fallecieron atrapados por un alud de tierra en ese socavón buscando oro para el sustento de sus  familias.

Los marchantes hicieron sentir su voz de desconcierto y rechazo por el abandono que siente por parte del Estado y el dolor que les produjo ver perder a sus seres queridos en este oscuro y trágico episodio en una actividad que sigue ejerciéndose en todo el Norte del  Cauca, ante la falta de oportunidades  y ocupación de sus gentes campesinas y rurales.

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La movilización de los habitantes de San Antonio en Santander de Quilichao elevaron una vez más,  una plegaria por el alma de sus familiares atrapados y muertos en la mina a cielo abierto entre los que estaban Miller Carabalí, Yuri Gallego, Jorge Jesús Generis Hernández y José González, Ana Milena Mejía, Jesús Alirio Valencias y José Arley Rivera, entre otros.

Julio Enrique Carabalí, el presidente de la Junta de Acción Comunal de San Antonio y administrador del acueducto, dice que los estragos que ha generado la mina de oro en la que el año pasado murieron 12 personas son tantos, que incluso hasta cambió la forma en que se mira la gente del pueblo.

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El miércoles 30 de abril de 2014, el municipio de Santander de Quilichao estuvo de luto. Ese día un alud de piedra y tierra sepultó a varias personas que se rebuscaban la vida en la mina ‘Agualimpia’ en el corregimiento de San Antonio, a quince minutos del casco urbano. Días después las autoridades informaron que los muertos habían sido doce y que la tragedia había sido anunciada desde hacía meses por las comunidades campesinas, en particular por la de afrodescendientes del norte del Cauca, advirtiendo los problemas y riesgos de la minería ilegal.

Más urgente por lo inmediato es el problema que enfrenta el territorio de estas comunidades con los mineros ilegales. Son más difíciles de regular, son más destructivos y por lo general, traen consigo la violencia.

Por eso están exigiendo que el gobierno les ponga freno definitivamente, pues la tragedia de abril pasado, puede volverse a repetir, y ni qué decir del daño ambiental irreversible que están causando. Mientras los mineros ilegales continúen en el territorio, todos los días los ríos Quinamayó, Teta y Palo siguen recibiendo descargas de mercurio y decenas de personas arriesgando su vida mientras el ‘patrón’ los deja rebuscar oro entre los residuos de los socavones.