LA FAMILIA LÓPEZ SE TOMA A VALLEDUPAR

Juan Manuel Lopez Caballero

Se trata de la familia López de La Paz, una de las dinastías que más reyes vallenatos ha ofrecido a quienes aún creemos que la música y la composición tradicional, la de la parranda ‘debajo del palo’e mango’ son más agradables que la música rumbera de disquera que la ha remplazado.

Si el propósito inicial del Festival de la Leyenda Vallenata fue divulgar y promover los valores culturales de esa región —concretamente la leyenda de la Virgen del Rosario y la música de la región—, hoy en día su función y su mérito es defender esa autenticidad perdida por el éxito mismo que tuvo y que al comercializarse la atropelló.

Por eso es que a nivel del público en general los nombres de Miguel, Álvaro, el Debe o Navín, o incluso su primo Alfredo Gutiérrez un poco más conocido, son probablemente extraños a los no enamorados de Valledupar, o del ‘verdadero vallenato’ (como lo identifican algunos), o de la música de acordeón (como fue su origen e identidad inicial).

Porque ese acordeón es el complemento musical que la tradición y la historia de ese hoy ‘patrimonio cultural de la humanidad’ asignaron no al cantante sino al juglar, quien a su turno es quien ha compuesto la letra del relato que transmite a la pequeña audiencia más interesada en el cuento y la anécdota que en bailar o conversar; y es el virtuosismo del acordeonero (no acordeonista, ¡por favor!) el que emociona con sus pases a quien realmente aprecia ese folclor.

El festival ha cambiado y ya pocos dan importancia al desfile de las piloneras con su:

¿A quién se le canta aquí, a quién se le dan las gracias,

A los que vienen de afuera o a los dueños de la casa?

expresión misma de la hospitalidad vallenata y de la acogida que tienen los extranjeros en cualquier hogar del valle.

Parte del cambio fue aceptar un cuarto miembro en el concurso del reinado de acordeoneros; la guacharaca, el acordeón y la caja, que usualmente no tenían la voz para imponerse por encima de los instrumentos, se complementaron con un intérprete de las canciones; éste, se integró al ambiente de parranda y generalmente contribuyó (o contribuye) a enriquecer, más que la parte musical, la parte de chismes y cuentos tan esenciales a esa ceremonia como el mismo canto.

Pero —por lo difícil de destacarse y porque los entendidos repiten que ‘la caja manda’— es el cajero quien marca no solo el compás de la música sino la calidad del conjunto.

Y quien más merece un homenaje tanto como parte de los López como cajero es Pablito López (a pesar del diminutivo, el más grande de ellos). Más que parte de la Leyenda Vallenata es ya para quienes lo conocemos una leyenda él mismo.

Porque por encima del cariño con el que se ve que ‘consiente’ la caja (o el acordeón cuando acepta tocarlo) por sus cuentos podría ser el mejor exponente de ese mundo macondiano. Sus anécdotas incluyen desde el Festival de Guadalajara cuando la música vallenata venció a todos los otros concursantes como el mejor folclor de acordeón, hasta cuando Macondo llegó a Suecia acompañando a García Márquez a recibir el Nobel de literatura. Más que maestro de la caja es maestro de la palabra (y de la amistad).

Lo que está sucediendo en Valledupar es grande porque grandes son los homenajeados, porque tiene el más grande de ellos, pero también porque es por parte de los organizadores la reivindicación de un folclor que se niega a desaparecer como cualquier producto de la publicidad y el consumo.

Claro que aparecerá el espectáculo de la gran figura de no sé cuantos discos de platino (no sé quien irá este año, probablemente un extranjero) y claro que las grandes empresas de cerveza, de celulares o de automóviles competirán por cuál impresiona más con la grandiosidad de la rumba que montan; pero será dónde esté alguno de los López, y sobre todo donde se encuentre Pablito, donde estará realmente el vallenato vallenato (y donde desafortunadamente no estaré yo).

JUAN MANUEL  LÓPEZ