El Paraíso en los Farallones de Cali. La Chorrera de la “Cola del Zorro”, es medicinal, aleja la tristeza y atrae el amor.

Por: Álvaro Miguel “El Negro” Mina

La convocatoria a una reunión de amigos para degustar viandas caseras, en medio de camaradería y afecto, nos permitió conocer el Paraíso Terrenal, de los Farallones de Cali.

Las familias, Ariza Iglesias, Díaz Moreno y Mina Lucumí, habidas de actualizar el “vademecun” informativo de la farándula criolla y los movimientos de rotación y traslación. Se dieron cita desde muy temprano en el sector de La Vorágine, para disfrutar de las correntias del cristalino río Pance, y algunas bebidas espirituosas, fermentadas a base hiervas y raíces de la pacha mama.

Al arribar al punto de encuentro fuimos recibidos a la gran “maner” con una llamativa, jugosa y apetitosa picada vallecaucana. Acompañada con limonada de coco y corozo, para alcalinizar nuestra estructura ósea activa desde hace más de medio siglo, en el trasegar afectivo.

La cálida brisa proveniente de la  zona rocosa y del parque natural, “Pico de Loro”, a 4.050 metros sobre el nivel del mar, nos advertía, qué esta sería una jornada inolvidable para siempre, como efectivamente lo fue, entre los cuates presentes.

La invitación del connotado Chef Internacional Francisco José Ariza Iglesias, radicado en Cancún; para conocer una joya de la naturaleza en medio de la espesa vegetación, nos tomó por sorpresa. Todo círculo muy rápido y cómo en una relación de adolescentes, el sí fue de inmediato.

Equipados con zapatillas, pantalonetas, un par de bocadillos, repelente, una botella de agua y una especie de bastón, iniciamos el periplo hacia el exótico lugar. Francisco Ariza, su primogénita, y Chavita, Alba Isabella; Jhon Díaz, y el suscrito.

Al terminar el recorrido por el asfalto, nos encontramos abruptamente con un caracol de centenares de escalas, para iniciar el vertiginoso ascenso.

La verdad, de no haber tenido la preparación diaria en el GYM, hubiéramos desistido de la ronda o garbeo, hacia la chorrera, o joya natural ubicada en la cadena montañosa de la Cordillera Occidental de los Andes, en Pance, Cali.

El ascenso durante los primeros 20 minutos, al empinado lomo del camino, nos permitió saber que estábamos hechos. Claro que la oportuna presencia de una banca de madera, nos permitió tomar un poco de aire, durante cinco minutos.

!Órale, no manches!, ésa afectiva, expresión Mexicana, animada de la Chavita, Isabela; cómo un tábano, nos dio la fuerza necesaria para platicar durante el trayecto de hora y media de camino, con Jhon, Francisco, e Isabella.

De verdad transitar en medio de la naturaleza, en una peña, o grupo de amigos, es vida y felicidad.

De repente en medio del bosque nos invadió la felicidad; pues a lo lejos divisamos la imponente caída de agua, estábamos a mitad de camino. Un sorbo de agua nos avivó el pebetero para seguir el camino, por fortuna con un excelente clima. Obviamente se debe transitar con los cinco sentidos, pues un desliz o traspiés nos puede llevar al precipicio. Dios nos ampare.

Un improvisado puente con trozos de madera, nos advertía la cercanía a éste proceso natural de liberación, purificación y flujo continuo de energía, y vida, denominado, cómo: “La Chorrera de la Cole del Zorro”, en Pance.

Ya, en el sitio mientras elevamos la mirada al Cielo, en clara señal de gracias. Nuestra vista se empañaba y titilaba en medio de los rutilantes destellos del Arco Iris, naciente del continuo golpeteo de las frías aguas sobre las milenarias rocas en su caída libre, desde unos 150 a 200 metros de altura.

Disfrutar del aire puro de la naturaleza, el canto de las aves,los cristalinos charcos, y la masoterapia, ésta vez con fines terapéuticos por la caída de la chorrera, nos recordó ésa extinta calcomanía de los buses Papagayo en Cali: “Me 109 cito”.

De regreso a casa con la tranquilidad del deber cumplido, nos permitió disfrutar de un descenso más tranquilo, y claro livianos de peso, pecados y algunos errores veniales, gracias a los masajes recibidos por la catarata, de la “Cola del Zorro”.

El apetito necesario luego de tres horas de recorrido, nos permitió recibir a “Porta Gayola”, el asado de morrillo, costilla, chunchullo, y su respectiva guarnición, aderezada por el magistral, “Muñeco”.

Culminando, con una “Larga Cambiada”, y la bendición Celestial, a la amable y encantadora, reunión de amigos. Sinónimo de efervescencia, vigor, supervivencia, y vida. Claro sí se repite al calor del buen chimento, viandas y la ingesta del producto macerado en las piedras negras de Escocia. Por lo menos una vez al mes.

Redacciòn