Por: Alvaro Miguel «El Negro» Mina.
Qué equivocado estaba al creer qué el verdadero amor sólo florece en las personas cuerdas, conscientes y deseosas de compartir; ése amor del bueno, cristalino y puro.
Ése qué nos apasiona las 24 horas del día y los 12 meses del año. Sin necesidad de acudir al quereme, al talismán, riegos, sahumerios, embellecedores, o al inoportuno, entrometido y trasnochador, «Nequi».
Con motivo de un nuevo reencuentro con la reporteria callejera, pare oreja, a una dama, qué con algunos embellecedores entre pecho y espalda, le reiteraba a su cariño de ocasión, qué éste, sí era amor del bueno; luego de una seguidilla del corito celestial invocando al segundo domingo de Mayo.
A lo cuál su pareja enardecida de pasión, de ése amor del bueno, para sellar la acalorada conquista le dijo, dulcemente al ovillo de su tierno y encerado oído:
«Yo quisiera inventar palabras
qué nadie te ha dicho jamás.
Ponerte en una altar
y regalarte mi amor.
Conquistar tú corazón
y regalarte una flor.
Llenarte de mí pasión.
Qué seas mí dueña total.
Y, amarte con ansiedad.
Para qué no te olvides jamás, qué él, amor entre tú y yo nunca se podrá acabar.
Ahí reaccione y pude establecer qué, él derecho de amar, es unipersonal e indelegable, y al momento de la sazón, los dos contrincantes tienen la razón, según la expresión del sentimiento. Sin distingo de estratos sociales o psiquiátricos.
Se que has tenido en tú vida la mar de aventuras.
Sé que me has mentido mil veces jurándome amor.
Te has convertido en juguete de tus travesuras,
con otros qué a tí te quisieron.
Así cómo yo.
Puedes qué juegues conmigo
Y, a mí qué me importa
si me convierto en juguete
de todo tu amor
Por favor reiterarle qué,la deseas, la sueñas, y la amas para tí solito.
Y, si por si acaso, sólo estás, recuerda invitar, hasta tú lecho, a la incandescente Luna; para platicar a solas con ella; sobre el esquivo amor de ella.
Éste bello encuentro de Cupido, tuvo lugar en una de las bancas sobre el Puente Ortiz, construido por el ingeniero Fray José Ignacio Ortiz, entre 1842 y 1845.
Teniendo cómo testigo el arrullo de la correntia de las cálidas aguas del Río Cali. Cuna de pasiones naufragas, con la complicidad de la calida, bruma de los vientos de los farallones de Cali.
O, mejor cómo bien lo narró nuestro Premio Nobel, Gabriel García Márquez, en la novela, (El amor en los tiempos del cólera), basada en la relación amorosa de sus padres. Gabriel Eligió García, el telegrafista y boticario del pueblo, y doña Luisa Santiago Márquez Iguarán, hija del Coronel Márquez, un valeroso oficial de la Guerra de los mil días.
Gabo, ahí venera y rinde un homenaje, a las aventuras, tiempo, vejez y muerte. Ademas a ése amor qué perdura, enfrenta y rebaza al infortunio y la adversidad.
«Hasta loco goza uno la vida».



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