
Cuatro minutos bastaron a Donal Trump para erigirse en guardián del orden mundial. El presidente de EEUU rompió con su aislacionismo y logró la noche del jueves su primera victoria política con un ataque sorpresa al régimen de Bachar El Asad.
El golpe, avisado de antemano a los rusos, cambia la configuración del conflicto sirio y lanza una advertencia a Irán y Corea del Norte. El ataque logra un amplio respaldo interior y exterior.
59 misiles Tomahawk arrasaron la base áerea de Shayrat (Homs) en represalia por el bombardeo con armas químicas que el martes acabó con 86 muertos, 30 de ellos niños.
Un golpe de precisión, avisado de antemano a los rusos, que tensa la configuración del conflicto sirio, amarga la luna de miel con Moscú y lanza una clara advertencia a Irán y Corea del Norte: EEUU disparará sin preguntar contra quien cruce sus líneas rojas. Por primera vez, dentro y fuera de su país, Trump recibió un amplio respaldo.
El objetivo había sido elegido con un claro sentido político y militar. Era la pista de donde partieron los aviones que gasearon Jan Sheijun.
El Pentágono aseguró que se “habían adoptado medidas extraordinarias para evitar bajas civiles” y “rebajar al mínimo los riesgos del personal de la base aérea”. En este afán, Moscú, con soldados en la base siria, fue alertada antes de la intervención. Ningún militar ruso falleció.

Al finalizar la operación, el presidente se dirigió a la nación. Dejó de lado las dudas y responsabilizó directamente al “dictador” sirio de la escalada: “Usando gas mortal, Asad segó la vida de hombres, mujeres y niños indefensos. Fue una muerte lenta y brutal. Incluso hubo bebés asesinados cruelmente en este ataque bárbaro. Ningún hijo de Dios debe sufrir tal horror”.
En su alocución, Trump marcó las directrices de su futura política en Siria. Tras aplastar de un manotazo la titubeante línea seguida por Obama, estableció que no consentirá el empleo de armas químicas y afirmó: “Años de intentos para cambiar la conducta de El Asad han fallado de forma drástica. En consecuencia, la crisis de los refugiados se ha ahondado y la región sigue sin estabilidad y amenazando a Estados Unidos y sus aliados”. Para concluir, llamó a las “naciones civilizadas” a luchar contra el terrorismo y con la “carnicería en Siria”.
Esta invocación fue entendida por algunos analistas como un paso previo a una coalición internacional para intervenir en el país. Después de seis años d e guerra 320.000 muertos y 10 millones de desplazados, una acción conjunta representa un anhelo tan compartido como temido. Siria es un polvorín donde cualquier paso en falso puede acarrear consecuencias imprevisibles.
Las implicaciones del operativo, hecho de espaldas a la ONU, son múltiples. En una primera lectura, los misiles marcan un camino de no retorno con el régimen sirio. El Asad ya no es asumido como un mal menor por la Administración Trump. Ahora ha pasado a ser un dictador y asesino. Y por primera vez en seis años de conflicto, Estados Unidos le ha atacado.

Más compleja es la relación con Moscú. El gran padrino de El Asad ha negado contra toda evidencia la implicación del régimen en el ataque químico. Y después de la intervención estadounidense, el Kremlin ha suspendido las misiones aéreas conjuntas y ha pedido una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque altisonante, se trata de una respuesta que no pone fin al objetivo estratégico de Trump de colaborar con los rusos para atacar las bases sirias del ISIS. En esta línea, el preaviso a Moscú muestra que la comunicación sigue abierta y es fluida.
La estocada al régimen de El Asad puede reducirse así a una operación quirúrgica destinada a evitar nuevos horrores químicos. El mismo Pentágono se apresuró a señalar que se trataba de un “ataque único”. Pero en el abismo de Oriente Medio, donde cada golpe lleva a otro mayor, la incógnita sigue en el aire. La respuesta vendrá no sólo de Siria, donde Washington mantiene 900 soldados en misiones antiterroristas, sino también de Estados Unidos y sus aliados.
Trump lleva solo 78 días en el cargo y su valoración es la más baja de un presidente a estas alturas de mandato. Con el operativo, ha hecho una jugada de alto riesgo político. Imprevisible, dura y contradictoria con su doctrina oficial.
Pero el viento sopla a su favor. Tanto republicanos como demócratas validaron el uso de la fuerza. Incluso senadores tan críticos como el republicano John McCain, le han ofrecido apoyo para futuras operaciones.
Y en el exterior, la OTAN, el Consejo Europeo, Reino Unido, Alemania, Francia, España, entre otros, aprobaron la acción. Nunca hasta ahora tantos le habían respaldado. Las bombas han dado a Trump su primera victoria.
Por: Jan Martínez



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