El Estado colombiano hizo presencia institucional en Buenaventura con el ESMAD

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Colombia atraviesa un momento convulsionado: paro de maestros, paro de servidores públicos, paros en la rama judicial, paros cívicos en Buenaventura y Tumaco.

Lo peor de todo es que este no es un momento coyuntural, sino la manifestación viva de una realidad que había estado enterrada, oculta en un segundo plano gracias a la indiferencia de la sociedad colombiana, la falta de respuesta efectiva del Estado  y la irresponsabilidad de los medios de comunicación privados al informar lo que ocurre más allá de Bogotá.

Pareciera que la pobreza y el color de la piel estuvieran íntimamente relacionados: el pacífico una zona llena de afrocolombianos es una de las zonas con mayor pobreza, miseria y falta de presencia estatal en todo el país.

Tenemos una población negra que sufre los designios de la mala administración, los prejuicios, la intolerancia y la incomprensión.

No son las “marchas cívicas en Buenaventura”, sino “los disturbios violentos”; mientras que al mostrar la situación venezolana exaltan el valor de los ciudadanos, estudiantes y demás sectores para salir a “multitudinarias protestas y manifestaciones contra el régimen despótico de Nicolás Maduro”.

Por el contrario, acá  las marchas cívicas son mostradas como “disturbios y actos vandálicos en Buenaventura y Chocó”, dejando a un lado las verdaderas razones por las cuales los habitantes están en la calle:  un grito de auxilio a un Estado que hace mucho tiempo los sumió en el mayor de los olvido, en el olvido de la memoria.

No es posible que el mayor puerto sobre el pacífico y el de mayor tráfico de mercancías en Colombia, Buenaventura, no cuente con hospitales de segundo nivel sino que los enfermos tengan que ser trasladados en Ambulancia hacia Cali, muchos de ellos perdiendo la vida en el camino.

Calles polvorientas sin pavimentar, tasas de mortalidad materna e infantiles enormes, gente sumida en la mayor de las miserias sin perspectivas de futuro que vayan más allá de enfrentar las realidades de vivir entre la opulencia del puerto, la miseria de los barrios y la conflictividad de las pandillas, los grupos herederos del paramilitarismo y las casas de pique.

Chocó es un lugar común al momento de hablar de zonas del territorio colombiano sumidos en la pobreza, el hambre, el abandono estatal y la supervivencia de diferentes tipos de violencia.

Los habitantes están tan cansados, exhausto; no saben que más hacer, cómo más alzar su voz. Paros cívicos vienen, marchas van, pero todo sigue igual.  No hay hospitales, se roban los recursos de educación, pueblos enteros sumidos en la violencia, presencia de ELN, Grupos herederos del paramilitarismo y pandillas, niños muriendo de hambre,  hectáreas enteras de selvas consumidos  y cauces enteros de  ríos contaminados  por la minería ilegal que intenta arrancar a la tierra sus tesoros.

La única manera posible que la institucionalidad llegara a estas zonas fue  movilizada en forma de ESMAD para reprimir la protesta social y ahogar los gritos de desesperanza, auxilio que grita un pueblo que no soporta más  el hambre, la amargura del conflicto y que intenta buscar el rumbo en un país en transformación. 

Una muestra clara de cómo se sigue manteniendo esa visión de la protesta social como algo que debe ser reprimido violentamente   por el Estado y con un exceso de fuerza, acompañado de una campaña de desprestigio. ¿No se suponía que con el posconflicto también venía la posibilidad de no criminalizar la protesta social y una policía que entienda su papel como garante de la vida en sociedad pacífica, sin agredir al ciudadano que debe proteger?

 

Lo más preocupante es que Chocós, Buenaventuras, Túmacos existen en todo el país: La Guajira, Catatumbo y otras tantas  zonas donde la pobreza es la constante de cada día, conocen más la violencia que la paz y todavía están anhelando esa esperada y prometida paz.

Reclaman acciones urgentes y sostenidas por parte del Estado, y no por actos de caridad, sino para que cumplan su deber y hagan presencia efectiva en territorios que han sido olvidados,  gobernados por los grupos ilegales, sumidos en una profunda crisis humanitaria, donde el hambre y los niños son un solo conjunto, donde el agua potable es una historia que parece lejana, donde ir al colegio es un lujo.

Necesitamos que nuestras mentes se abran a estas realidades, no podemos seguir cerrando los ojos y simplemente seguir nuestra vida como si nada pasara.

Parte de la solución de estos y otros problemas del país, atraviesa porque los ciudadanos tomemos un papel activo en la toma de decisiones, le exijamos al Estado y ejerzamos nuestra labor como veedores  a las acciones de los servidores públicos.

El pueblo valiente y aguerrido sigue en las calles, les quitaron el miedo y ya están cansados de mendigar ayuda; están pidiendo  lo que les corresponde como ciudadanos: Condiciones de vida digna.

Por: José Fernando Salcedo Martínez