Héctor Elías Sandoval, el maestro de los macheteros del Cauca

 

 

La primera vez que vi en acción a los macheteros del Cauca fue en la vereda Mazamorreros, un caserío habitado por familias de raza negra, en el norte de ese departamento.

Esa tarde, un grupo de aprendices entrenaba en un corral de guadua que había construido Ananías Caniquí, un sesentón alto, delgado, de agilidad felina. Flexible como un caucho. En el pueblo lo consideraban un maestro en el arte del machete, digno alumno de Graciliano Balanta, el esgrimista más famoso del siglo pasado en estas tierras.

Los 16 alumnos de Ananías Caniquí me manifestaron ser jóvenes campesinos deseosos de aprender la esgrima con el objetivo de preservar un legado cultural, y no para liarse a machetazos en las fiestas de vereda.

Antes de considerarlo su alumno, Ananías Caniquí averiguaba con los vecinos por los hábitos del aspirante. Si le contaban que el muchacho era un toma trago y buscapleitos, lo descartaba.
En ese entonces las escuelas donde se enseñaba la esgrima del machete estaban condenadas a desaparecer. Sobrevivían gracias a la terquedad de algunos maestros, casi todos mayores de sesenta años, que sacrificaban muchas horas de trabajo para dedicárselas a sus alumnos. En el caso de Ananías Caniquí, los estudiantes retribuían sus enseñanzas con algunas horas de trabajo en un cultivo de caña que el maestro tenía en las afueras de Mazamorreros.

Ahora, diez años después, la esgrima del machete está renaciendo en el norte del Cauca, especialmente en Puerto Tejada, un corregimiento creado a finales del siglo antepasado en la confluencia de los ríos Palo y Paila, donde se habían asentado algunas familias de esclavos recién liberados.

Puerto Tejada es hoy un bullicioso municipio de 40.000 habitantes, en su mayoría afro. Viven de la agricultura y del trabajo en los cañaduzales de la zona limítrofe de Cauca y Valle.

Parte de ese renacimiento se debe a que la práctica de la esgrima con machete es cobijada por un proyecto denominado Empresas Culturales del Cauca. Este programa busca fortalecer iniciativas regionales para convertirlas en atractivos turísticos que generen empleo e identidad entre los pobladores.

Heredado de los esclavos

Esta tarde de sábado, truenan los equipos de sonido en la caótica zona comercial de Puerto Tejada.

Es el preámbulo de la rumba. En las calles se mezcla un ejército de motociclistas con peatones, ciclistas, carretas de caballos, carros particulares, busetas y colectivos. En la carrera veinte, cerca de la plaza de mercado, muchachos de yin y camisetas coloridas anuncian con un sonsonete el destino adonde viajan con mayor frecuencia los porteños:

“¡A Calicalicalicalicalicalicaliiiiiii …! ¡Con puestos a Calicalicalicalicalicalicaliiiiiii…! ”
A pocas cuadras de allí, en un sector más apacible, vive Héctor Elías Sandoval.

Quienes lo conocen le dicen con respeto “el maestro”. Su maestría no proviene de los libros, sino del machete. Y del bordón, ese garrote, largo y delgado, compañero inseparable de quienes practican la esgrima de machete en el norte del Cauca.

El maestro Héctor Elías Sandoval es alto, delgado –hasta ahora no conozco un esgrimista obeso– y conserva una agilidad inusual para sus 85 años. Es considerado el mayor exponente de los secretos del machete en Puerto Tejada y sus alrededores.

Sandoval es, también, uno de los más grandes difusores de este arte marcial entre unos 130 estudiantes de los colegios de Puerto Tejada, y en algunos grupos artísticos que comienzan a crear vistosas coreografías en las que integran las danzas y machete.

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Uno de estos grupos, la Escuela Itinerante de Esgrima de Puerto Tejada, participó hace algunos años en el Salón Nacional de Artistas, en la versión regional del Pacífico.

El maestro Héctor Elías Sandoval dice que el machete está ligado a la historia del negro desde la época en que sus antepasados trabajaban como esclavos en las haciendas de la región.

Junto al maestro, se encuentra Miguel Vicente Luorido. Tiene 60 años. Es alumno de Héctor Elías Sandoval desde los 15 años y se ha dedicado a investigar la historia de la esgrima con machete. Cuenta que durante la guerra de Independencia, existía en el Ejército Libertador una legión denominada Los Macheteros del Cauca, cuyos ataques causaban terror entre los españoles.

Eran esclavos prestados por sus amos, hacendados payanses que apoyaban la causa republicana. Los macheteros también actuaron en los conflictos entre centralistas y federalistas y en la guerra de los Mil Días. En esta última confrontación Los macheteros del Cauca fueron aniquilados por las tropas conservadoras en la batalla de Palonegro.

“Cuando terminaban las guerras –prosigue Lourido– los sobrevivientes regresaban a sus pueblos y abrían academias clandestinas para enseñar a cambio de unos pocos pesos”.

El maestro Héctor Elías interviene para anotar que los esclavos aprendieron a usar los machetes para el combate porque a ellos no les daban armas de fuego. Los oficiales temían que los soldados negros se sublevaran.

Los tiros mortales del machete

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“Si usted quiere conocer de machetes, ya le muestro”, dice el maestro Sandoval. Se levanta del sillón y desaparece por la puerta que lleva hacia el fondo de la casa. Regresa al cabo de unos minutos con tres machetes en las manos. Deja dos en el suelo y enarbola uno de los aceros.

“Este es mi preferido”, anuncia el maestro Héctor Elías al tiempo que empuña un machete angosto, de 20 pulgadas de largo, marca Águila Corneta. Luego, el maestro hace lo mismo que yo le había visto hacer a Ananías Caniquí, allá en la vereda Mazamorreros. Toma el arma por los extremos y la dobla hasta hacer un arco.

“¡Vea! Es livianita y flexible. A este machete le dicen Seguida y es especial para practicar esgrima”, dice. Los otros dos son machetes de trabajo. Uno de 16 y otro de 20 pulgadas, pero más pesados y anchos en la parte inferior. Los usan para cortar guadua o para limpiar huertas y potreros.

Unas horas antes, en el vecino municipio de Villa Rica, donde comenzó esta vez la búsqueda de los esgrimistas, Jonathan Garcés me había explicado que en el norte del Cauca hay cinco municipios donde se practica ese arte: Suárez, Buenos Aires, Santander de Quilichao, Caloto y Puerto Tejada.

“Existen varios estilos de esgrima, pero el que más se practica en esta zona es el español reformado”, dice Jonathan Garcés, quien ha estudiado esta disciplina y pertenece a un grupo de baile que usa el machete en algunas coreografías.

El español reformado es una derivación de la esgrima de espada que trajeron los conquistadores, y que los esclavos aprendieron a escondidas, atisbando por las rendijas de las puertas.

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Algunos de los alumnos del maestro Héctor Elías practican todos los domingos en un lote del área urbana de Puerto Tejada. Allí hacen ejercicios para fortalecer las cualidades que necesita un esgrimista: agilidad, equilibrio, fuerza en el brazo, resistencia, respiración adecuada y mirada periférica.

Sandoval les explica algunos de los tiros mortales del machete. Da escalofríos con solo ver cómo el maestro rasga el aire con el acero de un cachinegro de 20 pulgadas.

Hay un tiro que va a las piernas. Hay uno vertical, que es el que va derechito a la cabeza; uno transversal que va a la cintura y al que los maestros antiguos le decían cinturero; uno que corta en diagonal, que también le dicen carrilero, debe ser porque así se cuelga el carriel; hay un tajo que le dicen sobaquero, que va hacia arriba, ese es contrario al diagonal; también está la estocada… ”.

Durante más de dos horas, los alumnos de Sandoval hacen ejercicios para obtener flexibilidad en las muñecas y para parar y esquivar ataques, luego cruzan el acero de sus machetes en un combate simulado que, aunque es un arte marcial, tiene algunos visos escénicos.

A golpes de bordón

A pesar de que durante la época llamada de La Violencia y, más recientemente, en las masacres cometidas por los paramilitares, el machete tuvo una connotación sangrienta y terrorífica, los esgrimistas del Cauca dicen que quienes dominan ese arte son personas que evitan las peleas y difícilmente desenvainan el acero ante los provocadores.

Ellos prefieren usar el bordón para desanimar a sus adversarios. Si en los primeros lances uno de los contendientes se da cuenta de que su rival ya lo ha tocado dos o tres veces con el bordón, sabe que se está enfrentando a un maestro y prefiere retirarse antes de que el esgrimista saque el machete.

A veces, según cuentan en Puerto Tejada y Villa Rica, algunos buscapleitos, los más tozudos, se han llevado verdaderas garroteras a pesar de que llevaban la ventaba del machete frente al bordón.

Para enfrentar estos sorpresivos duelos, los antiguos macheteros del Cauca elaboraban sus bordones únicamente en palo de berraquillo, que tiene fama de ser duro como el metal. Pero en los últimos años se dieron cuenta de que los golpes con el berraquillo son tan fuertes que muchos aprendices no vuelven. Por eso, ahora entrenan a sus estudiantes con bordones de guásimo pero, de todos modos, es imposible practicar esgrima de machete y bordón sin recibir, al menos, unos cuantos moretones.

En Mazamorreros recuerdo haber visto a Ananías Caniquí usar una especie de tijera de madera para despertar los reflejos de los aprendices. Era un artefacto parecido a los usaban los chinos para el entrenamiento de artes marciales.

Una cita con el duende

El maestro Héctor Elías empuña el machete de 20 pulgadas con la mano derecha. Extiende cuatro dedos de la izquierda y los coloca sobre la parte final del machete. “A este pedazo, no más, –explica– le sacaban filo los antiguos maestros. Ellos usaban el machete como si fuera una espada y si les tocaba pelear no tiraban a matar, a no ser de que estuviera su vida en peligro, sino que les hacían cortes superficiales a los rivales hasta que estos se veían cubiertos de sangre y se retiraban”.

En el Cauca, sin embargo, son frecuentes las noticias de peleas a machete en las zonas rurales, especialmente durante las fiestas, a veces con heridos o muertos de por medio. Algo similar ocurre en otras zonas del país donde el machete está ligado a las labores agrícolas. Antioquia, Santander y el Tolima son mencionados en el Cauca como los otros departamentos donde también se cultiva el arte del combate con machete.

Al igual que en esas regiones, donde se habla de pactos con el diablo, en el Cauca existen leyendas de cosas sobrenaturales. Cuando estaba joven, a Héctor Elías le contaron que si un machetero vence al duende en un combate, ese espíritu le tiene que conceder lo que el mortal le pida.

Al impetuoso Héctor Elías, que había estudiado el estilo español reformado en las academias de Manuel María Caicedo y Fidel Castillo –dos de los más respetados macheteros de la región– le pareció que esa podría ser una forma rápida de conseguir fama y bienestar.

Se armó de valor y se metió en una zona montañosa, en las afueras de Puerto Tejada, e hizo como le dijeron: limpió de maleza un círculo lo suficientemente amplio para el combate y comenzó a insultar al espíritu con los epítetos más fuertes que conocía.

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“Dejáte ver, duende hijuetantas. Vení que aquí te estoy esperando”, recuerda que gritó durante más de dos horas. Pero el duende, que en el Cauca lo representan como un hombrecillo de pies torcidos y un sombrero gigantesco, no apareció.

Héctor Elías solo escuchó el silbido del viento entre los matorrales y el crujir de las ramas secas, así que se marchó para su casa pensando que había perdido la oportunidad de ser rico.

Nunca más lo volvió a intentar. Se dedicó a enseñar los secretos del machete a cientos de aprendices de Puerto Tejada.

“Ahora he oído decir que hay una oración secreta para hacer venir al duende”, pero no he conseguido a nadie que me la enseñe”, dice el maestro Héctor Elías Sandoval mientras arquea entre sus manos el acero de su machete.

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José Navia Lame