Miércoles Santo, preludio del Sufrimiento

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El Miércoles Santo es el día en que se reúne el Sanedrín, el tribunal religioso judío, para condenar a Jesús.

Hoy se marca el final de la Cuaresma y el comienzo de la Pascua, a partir de hoy comienzan los días más importantes para la religión cristiana.

Hoy es el primer día de luto de la iglesia, con esto se llega al fin de la Cuaresma, se anticipa el Jueves Santo y entramos en el corazón de la Semana Grande.

La primera parte de la Semana Santa cristiana llega a su fin con la celebración de este día. Hasta este día lo que se ha celebrado se denomina también Pre-Pascua.

La palabra Pascua significa “paso” Dios pasa liberando. Significa por lo tanto, ya desde el Antiguo Testamento, el paso de una vida de esclavitud a una vida de libertad, y a partir de hoy es lo que se va a conmemorar hasta el Domingo de Resurrección.

El episodio de la condenación de Cristo por la traición de Judas es el que convirtió los miércoles en días de ayuno para los católicos, aunque luego se pasara la tradición del ayuno a los viernes.

En cuanto a la tradición del ayuno durante la Cuaresma, se ha visto reducida a evitar el consumo de carnes los viernes. Por ello también es conocida la Semana Santa, ya que ha dado origen a tradiciones gastronómicas que ya están muy arraigadas y a la preparación de platos que sólo se degustan en estas fechas como es el caso del potaje o las famosas torrijas.

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En la liturgia cristiana se da lectura a la Pasión según San Lucas y también se hace la lectura de la traición de Judas Iscariote en este caso en relato de San Mateo.

El miércoles, es además junto con el viernes, el día penitencial de los tiempos de penitencia (Adviento, Cuaresma y Témporas), así que intensifican las prácticas piadosas y las procesiones penitenciales.

Para descubrir el sentido fundamental y definitivo del sufrimiento “tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente” .

La respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento “ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo” .

El sufrimiento, consecuencia del pecado original, asume un nuevo sentido: se convierte en participación en la obra salvífica de Jesucristo.

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Con su sufrimiento en la cruz, Cristo venció el mal y nos permite vencerlo también a nosotros. Nuestros sufrimientos cobran sentido y valor cuando están unidos al suyo. Cristo, Dios y hombre, tomó sobre sí los sufrimientos de la humanidad, y en él el mismo sufrimiento humano asume un sentido de redención.

El sufrimiento, es siempre una prueba -a veces una prueba bastante dura-, a la que es sometida la humanidad.

Desde las páginas de las cartas de San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo.

El escribe en la segunda carta a los Corintios: «Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo».

En la segunda carta a Timoteo leemos: «Por esta causa sufro, pero no me avergüenzo, porque sé a quien me he confiado».

Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: «Todo lo puedo en aquél que me conforta»

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Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, El muere clavado en la cruz.

Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetrados por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo.

En esta concepción sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo.

En El Dios ha demostrado querer actuar especialmente por medio del sufrimiento, que es la debilidad y la expoliación del hombre, y querer precisamente manifestar su fuerza en esta debilidad y en esta expoliación. Con esto se puede explicar también la recomendación de la primera carta de Pedro: «Mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre».