¿Por qué es tan difícil lograr la paz en Siria?. cómo entender el conflicto.

Dos años y medio después del estallido de la guerra civil en Siria, la situación del país es más oscura y los objetivos de las distintas partes en el conflicto parecen cada vez más ambiguos.

Para entender el conflicto en Siria es esencial conocer las diferentes corrientes islámicas: el chiísmo y el sunismo.

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Para los chiítas, solamente los descendientes directos de Mahoma están autorizados para ser líderes de la fe; mientras  que en el caso de los sunitas, no es necesario que los líderes procedan directamente de Mahoma. Para cualquiera que no se identifique con el Islam esta diferencia puede significar poco, pero es un principio fundamental para los musulmanes y causa de muchos conflictos bélicos.

Los sunitas están extendidos especialmente en el Magreb (norte de África), la Península Arábiga y parte de Asia Central, mientras que la mayoría de los chiítas vive el antiguo territorio de Persia (Irán y el Irak de hoy). En el Medio Oriente, en particular en Líbano y Siria, se encuentran las diferencias de tensión geoestratégica de la creencia, y sus fronteras nacionales también se caracterizan por la diversidad étnica y religiosa.

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Mientras la guerra civil en Siria entra en su cuarto año con aproximadamente 200.000 muertos, 18 millones de víctimas entre refugiados y desplazados interiores y una gravísima destrucción de infraestructura, una serie de actores de la comunidad internacional buscan iniciativas de paz.

La cita ha sido en Moscú, donde el gobierno sirio y algunos sectores de la oposición han aceptado reunirse.

Es difícil que haya avances en el corto plazo pero factores que afectan a varios de los terceros países claves, especialmente Rusia e Irán, podrían generar un diálogo político.

Debido a los repetidos fracasos en las conferencias de Ginebra 1 (2012) y 2 (2014), las expectativas de los actores internacionales son cada vez más moderadas, orientándose a lograr ceses el fuego, acuerdos humanitarios parciales que impliquen a sólo algunas de las partes en conflicto y treguas, con la expectativa de escalar luego a niveles más ambiciosos.

Pero las dificultades son muy fuertes. En primer lugar, la guerra tiene una gran diversidad de protagonistas y frentes.

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Las fuerzas armadas del gobierno (y los grupos paramilitares que ha creado) y las milicias de Hezbolá luchan contra más de 1.000 grupos armados, según el seguimiento que hace el Carter Center de Atlanta (Estados Unidos).

Varios de estos grupos luchan entre sí por liderazgo político sobre determinadas regiones, acceso a recursos económicos o enfrentamientos étnico-religiosos (sunitas contra chiitas).

Muchas de las milicias tienen una agenda política que va más allá de Siria y están formadas por sirios y militantes de otros países de Oriente Medio y Europa.

Estos grupos cambian constantemente de configuración y alianzas, dificultando para mediadores internacionales las posibilidades de establecer con ellos diálogos políticos.

Diferentes milicias reciben o han recibido fondos, armas, facilidad para cruzar fronteras, especialmente desde Turquía, e infraestructura de una serie de países como Irán, Arabia Saudita, Qatar y Turquía, además del apoyo en armas ligeras y asesoramiento militar que le dan EE.UU. y algunos países europeos al Ejército de Siria Libre.

En algunos medios diplomáticos se considera que hasta que Irán y Arabia Saudita no pacten será difícil lograr un acuerdo de paz en Siria.

La presencia del Estado Islámico hace más necesario este acuerdo estratégico.

Rusia tiene razones para buscar una solución política con más flexibilidad.

Primero, Rusia y Siria mantienen una estrecha relación desde la Guerra Fría. Rusia tiene acceso a la base naval de Latakia y es su principal proveedor de armas.

Segundo, Moscú teme que los avances del Estado Islámico radicalicen a sectores de su amplia población musulmana y las sanciones occidentales por las crisis de Crimea y Ucrania unidas a la caída del precio del crudo fragilizan su posición internacional.

Además, según Aron Lund, del Centro Carnegie en Líbano, la diplomacia rusa teme a una creciente influencia iraní en el régimen sirio.

En el caso iraní, Teherán también se ve afectada por la caída del precio del petróleo y tiene interés en mostrar a EE.UU. que puede ser un socio fiable de cara a las negociaciones sobre el programa nuclear iraní.

La iniciativa rusa no está orientada a tener resultados inmediatos sino a abrir un canal de posible acercamiento entre el gobierno y las diferentes oposiciones, incluyendo algunos grupos armados.

Inicialmente la Coalición Nacional de las Fuerzas de Oposición y Revolucionarias de Siria, el Comité de Coordinación Nacional, y el Consejo Nacional Sirio respondieron negativamente a la invitación de Moscú, pero algunos miembros asistieron a título personal.

Khaled Khoja, el líder de la Coalición Nacional declaró la semana pasada que mientras Rusia quiera imponer que al Asad se mantenga en el poder no habrá posibilidades de negociación.

Sin embargo, el comentarista jordano Urayb ar-Rintawi escribió recientemente en el periódico ad-Dustourque que diversos grupos de la oposición acordaron en El Cairo 10 puntos en los que no se menciona que al Asad deba dejar el poder en un período de transición.

Esos puntos se volvieron a reafirmar en Moscú.

Mientras se discuten estas ideas e iniciativas la guerra en Siria está transformando la geopolítica de Oriente Medio y ha generado la crisis humanitaria más fuerte desde la Segunda Guerra Mundial.

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Bashar al-Assad, quien pertenece a la minoría alauí chií, es el presidente de Siria, un país de mayoría sunita. En el caso de una caída, los alauitas probablemente estarían expuestos a la venganza de la insurgencia suní y perderían el poder para siempre. Esta es la razón por la que Assad no puede abandonar el poder. Tras el estallido de la violencia denominada como Primavera Árabe (2011) no había –en su punto de vista– otra opción que seguir la escalada hasta el amargo final. Sin embargo, Assad decidió enfrentar las protestas de una manera desproporcionadamente violenta. Una reacción indulgente por parte de Assad podría haber evitado que la situación empeorara. La respuesta de Assad puede explicarse en parte por el pasado de su padre, quien en los ochentas como Presidente de Siria, enfrentó a los levantamientos con violencia, estrategia con la que tuvo éxito y por lo tanto, posiblemente influyó a su hijo a tomar una respuesta incorrecta.

El gobierno chií de Assad es apoyado por Irán, un país chií, que ha luchado por la influencia en la región desde hace miles de años. Una toma de control sunita alteraría el delicado equilibrio de fuerzas, y el corredor chiíta de Irán, Siria y la organización terrorista libanesa Hezbollah perdería su poder. Con las mismas razones, Arabia Saudita y Qatar han brindado apoyo financiero y logístico a los rebeldes sunitas pues de esta manera Siria se convertiría en un estado sunita, lo que cambiaría el equilibrio geopolítico del poder en el Medio Oriente a su favor.

Sin embargo, los jugadores principales en este conflicto son Rusia y los EE.UU. Rusia desde el comienzo del conflicto ha apoyado a Assad, ya que tiene su único puerto en el Mar Mediterráneo en la ciudad siria de Tartus –el único puerto marítimo de Rusia, que no se encuentra en un antiguo territorio de la Unión Soviética– y por lo tanto de importancia estratégica vital. Por otra parte, la política exterior de Rusia, después de la caída de la Cortina de Hierro, se ha caracterizado por ser no intervencionista en los asuntos internos de otros países.

Antecedentes de esta directiva es la heterogeneidad étnica de Rusia y el temor a que la intervención internacional puede ser utilizada como un argumento en las frágiles estructuras estatales rusas para futuros levantamientos. Una toma de control suní podría tener, por ejemplo, un impacto en los musulmanes del sur de Rusia y así desestabilizar la región. Además, la política exterior de Rusia también se rige bajo el llamado “juego de suma cero”, en donde decisiones como ésta se toman para demostrar su propia fuerza, pues el hecho de que EE.UU no gane representa un éxito para Rusia.

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Al mismo tiempo, los EE.UU. apoyan a los insurgentes sunitas para derribar al gobierno chíita de Asaad y así debilitar a la alianza Irán-Siria-Hezbollah, principal enemigo de Israel (aliado número uno de EE.UU en Medio Oriente). Además, la influencia rusa en la región podría verse debilitada. Sin embargo, los EE.UU. temen que la caída de Assad y las armas químicas que se encuentran en el país caigan en manos de los islamistas (sunitas) insurgentes y Siria no se estabilice después de la caída de Assad, sino se convierte en otro estado fallido, como Somalia.

Una intervención internacional para solucionar el conflicto parece poco probable. Las posiciones de veto de Rusia y China no han cambiado desde 2011 y el Consejo de Seguridad de la ONU no aprobaría una resolución para una posible intervención. Sin embargo, los EE.UU podrían justificar una intervención si demuestran una emergencia humanitaria, como sucedió en Bosnia con la OTAN. Si las probabilidades de que el Consejo de Seguridad de la ONU para aprobar una intervención son escasas, la confirmación del uso de armas químicas por parte del gobierno sirio es una pieza importante del rompecabezas para los americanos, ya que viola el derecho internacional de la Convención de Ginebra.

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Por lo tanto, los Estados Unidos podrían aprovechar el uso ilegal de las armas químicas para justificar ir por sí solos. En realidad, existen diversas razones multidimensionales para justificar su acción militar: es una señal de que el uso de armas químicas contra su propio pueblo no se tolerará; también representa una manera de desviar la atención del conflicto presupuestario  en EE.UU. y la posibilidad de unir demócratas y republicanos en una misma causa, así como un signo de la fuerza de Estados Unidos, sobre todo en lo que se refiere a la nueva posición de China en el mundo. Y finalmente, es una manera de evidenciar el poder del presidente Barack Obama frente a Vladimir Putin, quien ha venido provocando a los Estados Unidos a través de acciones como las restricciones a los derechos de los homosexuales en Rusia, el rechazo de adopción para niños rusos en los Estados Unidos y el caso de Edward Snowden, el cual todavía está muy sensible.

La solución que se ha encontrado ahora –la transferencia de las armas químicas a la comunidad internacional– es una situación clásica de ganar-ganar: Putin ya no puede ser acusado de apoyar la guerra y Obama puede terminar un debate políticamente sensible sin perder la cara.