La humanidad ha naufragado en Turquía

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La muerte de un niño es una afrenta, un grito de la vida contra la muerte.

Un niño muerto en la playa, en el lugar en el que se produce ese idilio del mar con la tierra y que ahí no desprende felicidad sino el terrible sonido de una noticia que llueve como el llanto en el corazón. Un niño muerto en la playa, buscando refugio en el mundo, huyendo de la guerra, escapando del cruel sonido de las armas y también del hambre.

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Esta imagen del niño sirio muerto en una playa turca, la desolación que desprende el gesto del guardia que fue a salvarlo, la luz, la playa, esa orilla que parece un símbolo del propio paso descalzo del muchacho por un mundo que ya no lo va a recibir nunca, ni a él ni a tantos.

Es un poema desgarrador, un réquiem como aquel que entonaba José Hierro: “Es un niño como millones de niños, un ser humano que ya ríe y pregunta y persigue sombras como si fueran juguetes”.

El hachazo cruel de la época lo convierte en el retrato con el que la conciencia del mundo ha de convivir como la expresión de esa afrenta.

El guardia hizo el gesto desesperado; pero antes del guardia fue el mundo el que no lo supo salvar; el guardia fue el héroe de los ojos tristes, hizo todo lo que pudo. No lo supo salvar el mundo.

Su único destino, el de sus padres, el de sus pasos, era sobrevivir; su horizonte no era ni siquiera vivir, tener oficio, amores y despedidas: su destino, ese que yace ahora sin vida en el mundo, era dibujar en la arena la casa, el barco, y ya no hay ni casa ni barco ni nada.

No hay nada. El mundo se lo ha quitado todo: ni este ni aquel, ni este país ni este otro: el responsable de esa terrible expresión de este tiempo es el mundo entero, porque el niño también es el mundo entero.

Sus manos son los dibujos que deja, su cuerpo de tres o cuatro años es lo que queda del árbol que él hubiera imaginado que era la vida, y antes de tiempo supo que el mundo no sabe salvar a los niños porque también desconoce cómo salvarse.

Ahí yace, en esa playa, el mundo entero.

Abdullah Kurdi, father of three-year old Aylan Kurdi, cries as he leaves a morgue in Mugla, Turkey, September 3, 2015. The family of Aylan, a Syrian toddler whose body washed up on a Turkish beach, had been trying to emigrate to Canada after fleeing the war-torn town of Kobani, one of their relatives told a Canadian newspaper on Thursday. A photograph of the tiny body of three-year old Aylan Kurdi washed up in the Aegean resort of Bodrum swept social media on Wednesday, spawning sympathy and outrage at the perceived inaction of developed nations in helping refugees. His 5-year-old brother Galip and mother Rehan, 35, also died after their boat capsized while trying to reach the Greek island of Kos. His father, Abdullah, was found semi-conscious and taken to hospital near Bodrum, according to Turkey's Sabah newspaper. REUTERS/Murad Sezer       TPX IMAGES OF THE DAY

 

 

Juan Cruz -El País, de Madrid