El día que mataron a galán,crónica triste de una tragedia anunciada

El día que mataron a Galán, crónica triste de una tragedia anunciada

26 años después, fuimos a Soacha a para reconstruir, junto con José Herchel Ruiz, el único fotógrafo que captó el magnicidio, el asesinato de quien fuera la gran esperanza de Colombia en el momento más duro de su historia política.

«¿Ya llegó el candidato?», le preguntó afanado a un policía que vigilaba la entrada a Soacha, al borde de la Autopista Sur. José Herchel Ruiz, fotógrafo de CROMOS, había llegado retrasado a la cita, por cuenta de los trancones monumentales de las horas pico que para entonces ya estaban volviéndose una tradición en Bogotá.
Semanas atrás, se había puesto a disposición de la campaña de Luis Carlos Galán Sarmiento para tomar, a destajo, fotografías oficiales de las manifestaciones públicas del precandidato, que aspiraba a ser el representante del partido Liberal en las elecciones presidenciales de 1990, si ganaba la consulta popular de marzo, en la que se enfrentaría a Hernando Durán Dussán, Ernesto Samper Pizano y Alberto Santofimio Botero.

Era, por así decirlo, un pecado venial que solían cometer los fotógrafos de los medios en tiempos electorales: vender su trabajo a las campañas para sumar ingresos extras, sin perjudicar al medio para que el que laboraban. De manera que José Herchel, a eso de las seis y treinta de la tarde, le pidió a su jefe, Alfonso Durier, que lo cubriera mientras cumplía con el compromiso de ir a Soacha, donde Galán iba a pronunciar un discurso frente a una multitud que luego se calculó en más de 7000 personas.

Pero cerca de las siete de la noche no había taxista que se atreviera a cruzar la ciudad desde la calle 70 con carrera novena, la sede de CROMOS, hasta Soacha, un viaje que podía ser interminable a esa hora. Al último taxista que abordó, José decidió ofrecerle el doble de lo que costara la carrera. Fue la única forma de convencerlo.

Una vez en Soacha, y preocupado por la tardanza, preguntó al policía: «¿Ya llegó el candidato?».

 

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La llegada a Soacha.
«Fue la primera foto que tomé. En semejante despelote, el candidato era muy vulnerable. Mucho después supe, por  la confesión de uno de ellos, que los cómplices del asesinato portaban sombrero blanco, para distinguirse».

 

Un despelote horrible

No es que Soacha haya cambiado mucho en los últimos 25 años. En la carrera séptima, que va directo hasta la plaza desde la Autopista Sur, se notan algunas edificaciones nuevas, pero, en general, el ambiente es similar. Puestos de negocios se apostan a lado y lado de la vía y una multitud de peatones va y viene, concentrada en sus quehaceres cotidianos. A la altura de la calle dieciséis, José Herchel, vestido de gorra y chaleco gris, escarba entre su mente los recuerdos de aquella noche horrible de la historia de Colombia en la que el candidato más carismático de la última mitad del siglo XX, considerado como el hombre destinado a sanear la política de la corrupción y, sobre todo, de las garras del narcotráfico, iba a caer asesinado por sicarios a sueldo de Gonzalo Rodríguez Gacha, alias El mexicano.

La mañana de aquel 18 de agosto había sido más bien sombría. El comandante de la policía de Medellín, coronel Valdemar Franklin Quintero, había sido asesinado en su carro cuando se dirigía a su oficina. Los propios hombres del coronel habían desarticulado el 4 de agosto un atentado contra Galán en la capital antioqueña, lo cual había puesto en evidencia el peligro que corría Galán si continuaba apareciendo en la plaza pública. El asesinato del comandante era, para ese momento, la gota que rebosaba el vaso.

Tanto así que la visita de Galán a Soacha, según recuerda José Herchel, estuvo a punto de ser cancelada. Y la prueba es que él mismo, a mediodía, visitó la sede de la campaña, en Teusaquillo, para preguntarle a Germán Charry, jefe de prensa de la campaña, si había algo que hacer ese fin de semana. «Por ahora no hay nada», le contestó de inmediato, aunque en un último instante decidió ir a confirmar. «Él me dejó solo por unos minutos –recuerda José Herchel– y al rato volvió: “Hermano, sí, me acaban de decir que definitivamente Galán sí va a ir a Soacha esta noche, así que le recomiendo ir a cubrir el evento”».

 

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Una noche trágica.
José Herchel sostiene en la mano, 25 años después, la foto que tomó en Soacha justo antes de que Galán cayera asesinado. Su reportaje casi le cuesta la vida.

En Soacha, pasadas las ocho de la noche, José Herchel tuvo tiempo de tomarse una gaseosa antes de que el carro en el que iba Galán asomara en el horizonte. «Mientras preparaba mi cámara, vi que el candidato se bajaba de su carro y se subía de pie a un campero blanco descapotado desde donde empezó a saludar a la multitud que lo cortejaba. Desde ese momento comencé a tomar fotos».

A pesar de la nube de guardaespaldas que lo resguardaba en el vehículo, la desprotección de Galán era evidente. No solo la multitud dificultaba el paso de la caravana, sino que el trayecto, antes de llegar a la plaza, era de cerca de un kilómetro, demasiada exposición para el hombre que en ese momento era el más amenazado de Colombia. «Mirándolo ahora en perspectiva, observando las fotos y viendo la desprotección tan macha en la que se desplazaba el candidato, uno sí puede decir que lo que Galán hacía esa noche era entregarse inconcientemente a la muerte», reflexiona José Herchel.

Algo similar le confesó Alberto Villamizar, uno de los políticos más cercanos a Galán y uno de los miembros más destacados del Nuevo Liberalismo, a Mauricio Vargas, cuando el exdirector de Semana y hoy columnista de El Tiempo lo entrevistó días después del asesinato, en busca de una explicación razonable del porqué Galán había decidido, contra toda cautela, asistir al acto político de Soacha: «Yo a veces creo que Luis Carlos había caído presa de una actitud casi apocalíptica, como si creyera que solo si se inmolaba podía contribuir a salvar a Colombia».

Serán, para siempre, solo especulaciones. El caso es que José Herchel, en ese momento, no alcanzaba a medir el peligro. Empírico, como muchos de los fotógrafos y periodistas de su generación, había ingresado a CROMOS en 1981 con la intención de convertirse en reportero gráfico. Al principio su labor se concentraba en revelar rollos y copiar fotografías, en tiempos en que las cámaras digitales eran apenas un sueño; pero pronto, por su propia cuenta, aprendió la esencia del oficio y cuando menos lo esperaba, en un momento en que todos los fotógrafos estaban ocupados, tuvo la oportunidad de cubrir unas sociales. Fue el comienzo de una profesión que lo iba a enamorar como ninguna otra, en toda clase de géneros: política, deportes, farándula y hasta el Concurso Nacional de Belleza. Hoy, ya jubilado, todavía trabaja para la agencia de noticias Colprensa, porque, como él mismo lo afirma, morirá con la cámara colgada al cuello.

Su misión, esa noche, no era analizar nada, sino cumplir con el compromiso de tomar las fotos y marcharse cuanto antes para entregar el material a tiempo.

 

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Minutos fatales.
«No había luz. Cuando el flash se cargaba, yo disparaba la cámara, pero no sabía qué era lo que estaba capturando. Solo cuando revelé las fotos me di cuenta de que a quien arrastraban era a Galán».

 

Lluvia de voladores

A un lado de la caravana, José Herchel tomó algunas fotos más, pero luego decidió adelantarse hasta la plaza para cubrir la llegada de Galán a la tarima, desde donde el candidato debía pronunciar un discurso en el que agradecería, una vez más, las adhesiones de millones de colombianos que lo ubicaban primero en las encuestas desde la convención liberal de julio. Más allá de la consulta popular a la que debía someterse en marzo de 1990, la opinión general de los analistas políticos era que Galán sería el próximo presidente de la República y que aquella consulta popular sería apenas un requisito que corroboraría la abrumadora simpatía que causaba entre sus electores. Una simpatía que, también, había causado especial animadversión entre sus enemigos, encabezados por los capos de la mafia, Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, que en ese momento tenían arrodillado al Estado colombiano y contra quienes Galán había dirigido sus más fieros discursos por la osadía y la crueldad con la que intentaban doblegar la moral de la República.

Cuando José Herchel llegó a la plaza, abriéndose paso entre la multitud, la tarima no se veía por ningún lado. Tuvo que subirse a una volqueta para poder divisarla, por fin, a un costado de la plaza: eran, en realidad, un par de tablas encaramadas encima de un andamio, tan vulnerable y tan angosta que no daría oportunidad de reacción en caso de algún incidente. José Herchel se subió a ella para esperar a Galán y, desde allí, fotografió la llegada del candidato, sonriente y con el brazo derecho en alto, saludando a la gente, acompañado del dirigente bogotano Patricio Samper, y del hoy vicepresidente Germán Vargas Lleras. «La orden que me dieron –recuerda José Herchel– fue que no podía estar con el candidato en la tarima, que no podía tomar fotos desde ahí. De manera que, por la misma silla que le fue ofrecida a Galán para subirse a la tarima, me bajé yo antes que él y me situé al lado derecho de la tarima mirando hacia el público, desde donde mi ángulo de visión era más bien nulo».

 

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Triste recuerdo.
«Fue mi cubrimiento más sonado, pero también el más agrio de todos».

Para ese momento ya el festejo de bienvenida había iniciado con tandas de voladores que tronaban desde las cuatro esquinas de la plaza. El ruido era tan ensordecedor que no hubo manera de distinguir la pólvora de la ráfaga de disparos que se dio a continuación. «Galán se subió y de pronto noté que se había resbalado. Yo acababa de tomar una foto y en milésimas de segundo pensé que esa foto no servía, que mal haría yo en entregar una foto en la que el candidato aparecía caído. Pero segundos después me di cuenta de que no se había caído sino que le estaban disparando. Algunas personas que lo acompañaban se habían caído de para atrás y uno de sus escoltas, caído también, intentaba abrazar a Galán para protegerlo. Yo alcancé a tomar una foto más, como anestesiado por el momento. Si hubiera tenido una cámara digital, de pronto habría podido hacer más tomas. Pero era de noche y tenía que esperar varios segundos hasta que el flash de la cámara cargara de nuevo».

El instinto de supervivencia llevó a José Herchel a retirarse y cubrirse detrás de un campero que estaba estacionado a pocos metros de las escaleras de la plaza; pero su instinto periodístico también lo motivó a seguir tomando fotos desde ahí. Para colmo, se fue la luz. La plaza se cubrió de negro y solo se alcanzaba a distinguir la iluminación instantánea y efímera de los metrallazos. «Sonaban balazos desde todas partes. Yo apenas veía bultos. Cargaba el flash y yo disparaba la cámara, pero no sabía a qué le estaba tomando fotos. Cargaba de nuevo el flash y, tas, otra foto. Y así». Solo cuando, horas después, pudo revelar y copiar las fotos, notó que los bultos que había fotografíado eran los de Patricio Samper y los guardaespaldas de Galán, que intentaban, como podían, sacar a Galán de ahí y montarlo al carro rumbo al hospital más cercano. La última foto que tomó fue la del carro haciendo chirriar las llantas. «Todo sucedió en pocos minutos, pero a mí se me hizo eterno».

 

«Me van a echar»

Parado en el lugar exacto en el que estaba situada la tarima, y con las fotos que tomó aquella noche en la mano, José Herchel intenta exprimir aún más sus recuerdos. La plaza no era como la de hoy, totalmente plana. En ese entonces, estaba rodeada de un muro bajo, a donde fueron a guareserse los asistentes a la manifestación y de donde no se movieron incluso muchos minutos después de que la plaza quedó en silencio. «Un poco más conciente de lo que había sucedido, decidí tomar algunas fotos más. Había gente acostada en el suelo y a mí me parecía por instantes que todos estaban muertos. Al revelar las fotos me di cuenta de que solo se estaban cubriendo. Había hombres armados con el fierro en la mano y hasta gente tomando aguardiente. Pero hay algo todavía más curioso, y es que, cuando el carro de Galán partió, y yo pude, por fin, salir de detrás del campero en el que me estaba protegiendo, me tropecé con una Mini Uzi, ¡una ametralladora!. Lo único que atiné a hacer en ese momento fue entregársela a un policía. “Mire”, le dije, y él ahí mismo la recogió y salió corriendo. Vaya uno a saber qué pasaría con ella».

 

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Rumbo al hospital.
«El carro, con Galán herido, partió chirriando llantas. Segundos después caí en la cuenta de lo que había pasado».
Minutos después, José Herchel se subió al carro de prensa de la campaña, rumbo al hospital de Cajanal, en el CAN, a donde se supone que debían llevar a Galán para salvarlo de la muerte. Era un rumbo equivocado, pues la decisión había sido llevarlo al hospital de Kennedy. Pero José Herchel no lo sabía. De manera que, ya en Cajanal, se sentó en un andén a esperar al candidato herido. «Allí sentado se me vino todo el miedo acumulado encima. Sentí verdadero pánico. Supe que había estado a punto de morir y que si no es por la orden de no acompañar a Galán en la tarima, yo habría sido baleado también. Pensé en mi familia, en cómo avisar que todavía seguía vivo. Y, lo que es más paradójico: pensé que hasta ahí habían llegado mis días en CROMOS. No sé por qué, pero se me vino a la mente que me iban a echar por haber estado tomando fotos para un trabajo personal. En ese entonces no había contratos de exclusividad, pero era de suponer que si uno trabajaba para un medio, no podía trabajar para alguien más. Como le dije, pensé que me iban a echar. Saqué el rollo de la cámara y me lo eché al bolsillo. Yo no pensaba en ese momento que las fotos iban a ser así de valiosas, solo que esas fotos me iban a delatar».

Mientras tanto en CROMOS el director, Julio Andrés Camacho, hacía intentos desesperados por enviar un fotógrafo a Soacha y otro más al hospital de Kennedy. Fue cuando Alfonso Durier le dijo que José Herchel estaba en la plaza. «¡Cómo así, salgan a buscarlo!», gritó Julio Andrés. El encargado fue otro fotógrafo, Alfonso Reina. Rumbo al Hospital de Kennedy, Reina escuchó que Galán iba a ser llevado a Cajanal, de manera que cambió de dirección. Allí se encontró con José Herchel, sentado en un andén, en un estado de aturdimiento que le duraría horas. Ambos escucharon por la radio la confirmación de la muerte de Galán. Ambos fueron testigos de la conmoción que causó su muerte entre los que lo aguardaban en Cajanal, entre periodistas, políticos y seguidores desprevenidos, todos sumidos en un llanto que aún no para.

Una semana más tarde las fotos fueron publicadas en CROMOS, el único medio que había podido captar las imágenes del magnicidio, y José Herchel, por supuesto, no fue despedido sino aplaudido, aunque fuera el aplauso más triste de su carrera. «Fue mi cubrimiento más sonado, pero el más agrio de todos. Lo peor es que muchos años después vine a saber que en esas fotos aparecían, presumiblemente, algunos de los sospechosos del asesinato de Galán, pero a mí las autoridades solo vinieron a preguntarme por ellas en 1997, ¡ocho años después! –admite José Herchel, con algo de pesar–. Eso es algo que todavía no me explico».

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¡Se cayó el candidato!  
«Yo tomé la foto, pero creí que Galán se había caído. Tal era la confusión que incluso en la imagen aparece una mujer que todavía está sonriendo».

Por: FERNANDO GÓMEZ GARZÓN – REVISTA  CROMOS

 

 

 

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