En una sola frase lapidaria: literalmente en el Chocó, estamos comiendo mierda.

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Por: Mario Serrato.

En la prensa colombiana se leen con frecuencia las cifras de miseria y hambre que el Chocó presenta. El 18 % de su población carece de trabajo. (todos sabemos que esta verdad alcanza más del 50%) Los indicadores de analfabetismo son similares a las cifras de hace un siglo.

Las carreteras internas y de interconexión con los vecinos, presentan niveles de deterioro similares a los de Europa en el siglo XVII. Las enfermedades que en países desarrollados, o en vías de desarrollo, solo son mencionadas en las clases de historia de la medicina, en el Chocó alcanzan modalidades pandémicas.

La desnutrición infantil, el embarazo adolescente y la violencia intrafamiliar, se consolidan en cifras que obligan a pensar en una comunidad y un departamento fallidos.

Por si fuera poco, la guerra y sus consecuencias, como el  desplazamiento violento, el reclutamiento de menores y el forzado, más la corrupción que anida en su interior, parece haber encontrado en el Chocó el escenario propicio para perpetuarse.

La riqueza natural vestida de oro y de madera, se extrae de nuestra tierra pero se convierte en riqueza material en Medellín. Antes pasaba lo mismo pero el destino final era Nueva York.

Ninguna de nuestras poblaciones dispone de infraestructura básica sanitaria con cobertura total y permanente, lo que significa que carecemos de agua potable, alcantarillado, disposición de excretas y acumulamos todo tipo de basuras.

 

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En una sola frase lapidaria: literalmente, estamos comiendo mierda.

Pero a esta realidad desoladora que se enfrenta de manera cotidiana con la posibilidad de hacerse más grave, nuestra respuesta ha sido la atomización, la desorganización y la incapacidad para alcanzar acuerdos que nos unan y nos cohesionen.

Nos resulta muy fácil encontrarnos en la censura de nuestros dirigentes o de cualquiera de nosotros que tenga la obligación funcional de modificar la situación. Nos empeñamos con todas nuestras fuerzas en demostrar la culpa del otro. El error del otro, la falta de habilidad del otro y la incapacidad del otro.

A esa práctica le llamo censura por una razón: La crítica construye, la censura destruye. Es frecuente escuchar a otro decir que hará una crítica constructiva, tal situación es un pleonasmo. Por esencia la crítica construye, la censura no lo hace.  Censurar es muy sencillo, su ejercicio consiste en poner la boca a sonar en completa desconexión con el cerebro. En cambio la crítica, obliga al cerebro a pensar.

También somos dados a encontrar razones para atomizarnos, para segmentarnos, para diferenciarnos y nuestras diferencias, con frecuencia, presentan por argumento las causas más inocuas.

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Nosotros no somos azules, rojos, amarillos o verdes. La verdad es una sola: somos miserables.

No creo que las soluciones a nuestros problemas se encuentren esparcidas como fórmulas mágicas en los textos de Marx o de Keynes. Tampoco las veo con claridad en la adscripción mongoloide a las fuerzas políticas que han surgido y gobernado a Colombia desde el centro del país y sus  castas de poder, de las que siempre hemos sido excluidos y con seguridad seguiremos siéndolo.

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La visión de nuestra miseria debería quemar nuestros ojos, alterar el ritmo de nuestros corazones y disponer todas las neuronas de nuestros cerebros en la búsqueda de la solución.

Nuestra capacidad y calidad humanas deberían medirse según el nivel de cohesión que somos capaces de construir. En la habilidad para filtrar y desechar los fenómenos que nos diferencian y la inteligencia para seleccionar y poner en acción las múltiples razones que nos unen.

 

Hemos invertido mucho de nuestro tiempo y de nuestra capacidad en complacer a quienes detentan el poder, y hemos recibido por ello solo las migajas de autoridad que están dispuestos a ceder sin que sufra mella alguna el dominio que ejercen sobre nosotros.

Hemos esperado durante más de 200 años a que la solución a nuestra miseria y atraso provenga de Bogotá, Medellín, Cali o Pereira. Como los locos, hacemos siempre lo mismo y esperamos resultados diferentes.

Llegó la hora de desechar todos los pretextos que malogran nuestros sueños y propósitos. Es el momento de modificar y retirar el modo en que concebimos las responsabilidades y las culpas y poner en su lugar la autocrítica y la acción.

Ya desperdiciamos demasiado tiempo en enlodarnos en el pantano estéril de nuestras diferencias inocuas.

Por mi parte ofrezco mi mano, mi ánimo, mis capacidades y todo mi fuerza en la búsqueda de elementos que nos cohesionen y que nos acerquen de manera decida y objetiva a la erradicación de la miseria que cae sobre nuestras gentes y nuestro departamento como lluvia ácida.

Contra la miseria, toda nuestra energía.